San Salvador, 16 de julio de 2011.
Divinos.
Es una especie de no existe, una utopía quizás, pero presiento que no, no hay manera de situarse en el espacio ni en el tiempo. Es como si flotaras en espacio en el cual no existe un sol, una luna o estrellas que te indiquen si es de día, noche, verano, invierno, no siquiera sabes qué es abajo o dónde está arriba. Flotas en un Universo iridiscente, apenas logras ver tu mano cuando la acercas a tu cara, tal es tu levedad, pero si la extiendes en toda su longitud sólo percibes el antebrazo que se disuelve en la transparencia brumosa, acariciadora, como si fuese un cuerpo traslúcido que no sabes si es. Puede ser que siempre estés cayendo o subiendo, es intrascendente porque no lo puedes saber jamás, no hay puntos de referencia, es como estar en medio de la felicidad, pura, intangible. Solo ves la tenue luz que emana de tu propio cuerpo y la de algunos puntos que de cuando en cuando atraviesan el vasto telón, dejando trazos fluorescentes brillantes, azules, algunos otros multicolores que alegran el ¿espíritu? sin barrer el eterno, agradable silencio de este desconocido y cómodo lugar que no encontré jamás en los círculos de Dante.
Quizás sean otros como yo. Así, esa penumbra infinita, silenciosa, pero acariciadora, te produce una calma indescriptible, ¿vives?, no sé si eternamente, ignoro las dimensiones de tan fantástica expresión, y no puedo concebir siquiera la extensión de tal palabra en mi mente. Quizás esto sea la eternidad. “Ni el ojo vio, ni el oído oyó”, ¿será éste ese tal lugar? Creo que si no supiéramos sobre la muerte, no pensaríamos en la eternidad...pero sabemos.
A veces, no sé a que distancia en el tiempo y el espacio, obstinados acordes melódicos, infinitamente cambiantes, lejanos, llenan la inmensa oscuridad y un embeleso embriagador se apodera de uno. Un placer de extraños matices y aristas, pues en el fondo del obstinado retumbar, como los tambores Taiko, se percibe un ritmo que hace intuir un orden derivado de una inteligencia superior, divina diríase, que se parece a la mente y estructura humanas y de alguna paradójica manera, dentro del placer abstracto, se encuentra el consuelo de la perfecta compañía presentida, y un dulcísimo consuelo cae sobre tí.
Creo que es a donde venimos los que no creemos en los castigos ni los premios eternos, pero tenemos una visión acerada, indestructible de Dios. Regresamos, simplemente, a la esencia divina de la que partimos un día y retornamos a ella, al final, después de un tiempo que no se puede medir y que pueden ser días o milenios, nos disolvemos en ella armoniosa, amorosamente y dejamos de ser nosotros para integrarnos a Él. Donde simplemente somos, ya sin conciencia propia, en Aquel que Es el que Es.
FIN.
martes, 26 de julio de 2011
miércoles, 13 de julio de 2011
El olvido
San Salvador, 12 de julio de 2011.
El olvido.
El viejo volcán pierde su perfil entre las nubes del invierno, un invierno que llega al alma, moja y enmohece, pero hace que en esas tristes excreciones del espíritu afloren, de vez en cuando, imágenes perdidas de tiempos idos, de fechas olvidadas, porque el legado de tristeza se borró muy voluntariamente de nuestra fina hoja de la vida; ayudó el olvido que surge sigiloso de la gran espiral del tiempo, para almacenar nuestros errores, nuestros desatinos, las fallas de nuestra lógica y quizás en ocasiones, nuestras falsas interpretaciones de la realidad, que nos pierden en el marasmo sin sentido de la vaciedad existencial.
En estos días grises vienen a mi mente recuerdos transparentes, lívidos que desataron tormentas de maleficios y produjeron huracanes de rencores ya olvidados y que contemplados desde la sanadora distancia de los años, apenas me hacen sonreír en su banal importancia desvanecida por el tiempo que todo lo lima, que todo lo aclara y desvanece en la piedra de moler de nuestra implacable memoria, que traga tristezas y alegrías, abandonos y aun presencias doradas que alumbran nuestra vida. El olvido, ese gran sanador del espíritu, que devora ansiedades, miedos, pasiones que una vez pensamos indestructibles, amores que soñamos eternos. Nada es para siempre, el olvido se encarga día a día de demostrárnoslo, imparcial e implacable.
Afortunadamente, a veces, el olvido se olvida de olvidar.
Sí, las cosas que guardo en el Sancta Sanctorum de mi conciencia, son así: sagradas, inalterables, casi eternas y son así porque así deseo que sea. No se pueden olvidar porque no deseo olvidarlas, el rostro arrugado de mi madre, la juventud victoriosa de mis hijos, los ojos verde oscuros de mi esposa, mis amores.
Ellos flotan en el amplio Universo que está separado del olvido por el verdadero Amor. Aquel que me da la vida, que me hace disfrutar cada instante de esta vida breve, irrepetible y quizás en ello consiste su falsa eternidad, sólo hay una por siempre y para siempre, otras y otros vendrán, pero la mía es sólo mía, eternamente mía, en mis recuerdos, en mis descendientes y quizás en el olvido final, que destroza toda esperanza, toda vanidad, todo intento de ser eternos. Esa incómoda eternidad que no me deseo, quiero como Buda disolverme en la nada, para que los que amo no me disuelvan en su olvido, la eternidad empieza y termina conmigo.
El olvido.
El viejo volcán pierde su perfil entre las nubes del invierno, un invierno que llega al alma, moja y enmohece, pero hace que en esas tristes excreciones del espíritu afloren, de vez en cuando, imágenes perdidas de tiempos idos, de fechas olvidadas, porque el legado de tristeza se borró muy voluntariamente de nuestra fina hoja de la vida; ayudó el olvido que surge sigiloso de la gran espiral del tiempo, para almacenar nuestros errores, nuestros desatinos, las fallas de nuestra lógica y quizás en ocasiones, nuestras falsas interpretaciones de la realidad, que nos pierden en el marasmo sin sentido de la vaciedad existencial.
En estos días grises vienen a mi mente recuerdos transparentes, lívidos que desataron tormentas de maleficios y produjeron huracanes de rencores ya olvidados y que contemplados desde la sanadora distancia de los años, apenas me hacen sonreír en su banal importancia desvanecida por el tiempo que todo lo lima, que todo lo aclara y desvanece en la piedra de moler de nuestra implacable memoria, que traga tristezas y alegrías, abandonos y aun presencias doradas que alumbran nuestra vida. El olvido, ese gran sanador del espíritu, que devora ansiedades, miedos, pasiones que una vez pensamos indestructibles, amores que soñamos eternos. Nada es para siempre, el olvido se encarga día a día de demostrárnoslo, imparcial e implacable.
Afortunadamente, a veces, el olvido se olvida de olvidar.
Sí, las cosas que guardo en el Sancta Sanctorum de mi conciencia, son así: sagradas, inalterables, casi eternas y son así porque así deseo que sea. No se pueden olvidar porque no deseo olvidarlas, el rostro arrugado de mi madre, la juventud victoriosa de mis hijos, los ojos verde oscuros de mi esposa, mis amores.
Ellos flotan en el amplio Universo que está separado del olvido por el verdadero Amor. Aquel que me da la vida, que me hace disfrutar cada instante de esta vida breve, irrepetible y quizás en ello consiste su falsa eternidad, sólo hay una por siempre y para siempre, otras y otros vendrán, pero la mía es sólo mía, eternamente mía, en mis recuerdos, en mis descendientes y quizás en el olvido final, que destroza toda esperanza, toda vanidad, todo intento de ser eternos. Esa incómoda eternidad que no me deseo, quiero como Buda disolverme en la nada, para que los que amo no me disuelvan en su olvido, la eternidad empieza y termina conmigo.
domingo, 3 de julio de 2011
Siempre a tu lado.
Siempre a tu lado.
A lo lejos los montes casi azules, semiocultos en la bruma de la tarde después de la lluvia, tú, a mi lado, en silencio, como siempre tomados de la mano, mientras guío mi auto con calma, seguro, tratando de comprender tu mundo, ese mundo que quizás nunca he analizado a cabalidad; los charcos a la orilla de la calle reflejan brillos de nubes blancas y destellos azules de un cielo que parece abrirse al infinito a través de minúsculos agujeros que se producen para desaparecer al instante. Mis pensamientos vuelan, tu mano entre la mía, te recuerdo de siempre y la imagen de tu juvenil belleza se sobrepone siempre sobre la actual, aún hermosa, guapa con porte diría, me siento orgulloso de ti, y te aprieto la mano con cariño que no percibes…o quizás si. Abro la ventanilla y el perfume de la tierra, de la vida penetra poderoso, casi hiriente y me remonta a otros días a otras circunstancias. A mi derecha la figura geométrica, salvaje del Izalco se perfila, coronado de nubes blancas, sobre el majestuoso volcán de San Ana; alguna vez escribí que es nuestro Fuji, esa montaña reverenciada por los japoneses, creo, que por su forma, airosa, deberíamos nombrarla montaña o volcán nacional por excelencia, existen más altos, más grandes, pero el Izalco es sutil en su forma, casi perfecto desde ciertos lugares.
Se parece a ti, eres mi montaña, en la que me refugio, en la que me apoyo, agreste a veces, suave la mayor parte del tiempo, fascinante en tus formas que el tiempo suavizó y les dio textura de terciopelo y de cañaverales floridos. ¿Sabes?, mi padre nos fabricaba flechas con la vara de las flores de caña y punta de cera y nos construía arcos en la finca de La Montaña, en donde sembraba una pequeña porción de caña roja casi morada, suave, dulce de la que se puede extraer el azucarado jugo sin pelarla.
Me gusta recordar mi infancia cuando viajo a tu lado, por eso los largos ratos de silencio, mientras el auto se llena de espíritus, de elfos y gnomos, de cipitíos y siguanabas, de recuerdos, de juegos infantiles, son infinitesimales instantes pues debo atender lo que sucede en la carretera, sí, la carretera, nombre sonoro de larga perspectiva que se pierde en la lejanía de la distancia y en la de mis viejos entrañables recuerdos. Quizás como te dije hace poco, regresar a la niñez es fundamental, a la edad de la sinceridad, de la dulzura, de la inocencia en donde todos somos iguales, en la que no existen clases sociales, es la edad de la hermandad. ¿Cómo perdemos la inocencia?, ¿Quién nos la arrebata?, creo que se queda prendida, desgajada, herida, en los filos de la vida, en las aristas filosas de los acontecimientos que desgarran poco a poco nuestra serenidad, nuestra inocencia y nos adentran en el mundo de las envidias, de los odios, de las frustraciones, en fin, el mundo del mal.
A tu lado regreso al Paraíso perdido. ¡Qué lástima que no todos puedan hacerlo! Este país no permite que todos regresemos a la inocencia, a la virtud que es natural en el ser humano, los retos de la vida, la existencia irrespirable de la estrecheses económicas, el cerco invisible de la violencia que nos ahoga en su terror, en su espanto.
¡Qué dicha poderte amar!, que tristeza pensar que muchos se debaten en la desesperanza; te debo no sólo la alegría sino la vida misma, puedo decir que sembré tempestades y encontré calma y silencio, amor y ternura. Ha sido un milagro de clara inversión. Dios sabe lo que hace y a quien. Le estoy tan agradecido. A ti, en lo profundo de mi silencio.
A lo lejos los montes casi azules, semiocultos en la bruma de la tarde después de la lluvia, tú, a mi lado, en silencio, como siempre tomados de la mano, mientras guío mi auto con calma, seguro, tratando de comprender tu mundo, ese mundo que quizás nunca he analizado a cabalidad; los charcos a la orilla de la calle reflejan brillos de nubes blancas y destellos azules de un cielo que parece abrirse al infinito a través de minúsculos agujeros que se producen para desaparecer al instante. Mis pensamientos vuelan, tu mano entre la mía, te recuerdo de siempre y la imagen de tu juvenil belleza se sobrepone siempre sobre la actual, aún hermosa, guapa con porte diría, me siento orgulloso de ti, y te aprieto la mano con cariño que no percibes…o quizás si. Abro la ventanilla y el perfume de la tierra, de la vida penetra poderoso, casi hiriente y me remonta a otros días a otras circunstancias. A mi derecha la figura geométrica, salvaje del Izalco se perfila, coronado de nubes blancas, sobre el majestuoso volcán de San Ana; alguna vez escribí que es nuestro Fuji, esa montaña reverenciada por los japoneses, creo, que por su forma, airosa, deberíamos nombrarla montaña o volcán nacional por excelencia, existen más altos, más grandes, pero el Izalco es sutil en su forma, casi perfecto desde ciertos lugares.
Se parece a ti, eres mi montaña, en la que me refugio, en la que me apoyo, agreste a veces, suave la mayor parte del tiempo, fascinante en tus formas que el tiempo suavizó y les dio textura de terciopelo y de cañaverales floridos. ¿Sabes?, mi padre nos fabricaba flechas con la vara de las flores de caña y punta de cera y nos construía arcos en la finca de La Montaña, en donde sembraba una pequeña porción de caña roja casi morada, suave, dulce de la que se puede extraer el azucarado jugo sin pelarla.
Me gusta recordar mi infancia cuando viajo a tu lado, por eso los largos ratos de silencio, mientras el auto se llena de espíritus, de elfos y gnomos, de cipitíos y siguanabas, de recuerdos, de juegos infantiles, son infinitesimales instantes pues debo atender lo que sucede en la carretera, sí, la carretera, nombre sonoro de larga perspectiva que se pierde en la lejanía de la distancia y en la de mis viejos entrañables recuerdos. Quizás como te dije hace poco, regresar a la niñez es fundamental, a la edad de la sinceridad, de la dulzura, de la inocencia en donde todos somos iguales, en la que no existen clases sociales, es la edad de la hermandad. ¿Cómo perdemos la inocencia?, ¿Quién nos la arrebata?, creo que se queda prendida, desgajada, herida, en los filos de la vida, en las aristas filosas de los acontecimientos que desgarran poco a poco nuestra serenidad, nuestra inocencia y nos adentran en el mundo de las envidias, de los odios, de las frustraciones, en fin, el mundo del mal.
A tu lado regreso al Paraíso perdido. ¡Qué lástima que no todos puedan hacerlo! Este país no permite que todos regresemos a la inocencia, a la virtud que es natural en el ser humano, los retos de la vida, la existencia irrespirable de la estrecheses económicas, el cerco invisible de la violencia que nos ahoga en su terror, en su espanto.
¡Qué dicha poderte amar!, que tristeza pensar que muchos se debaten en la desesperanza; te debo no sólo la alegría sino la vida misma, puedo decir que sembré tempestades y encontré calma y silencio, amor y ternura. Ha sido un milagro de clara inversión. Dios sabe lo que hace y a quien. Le estoy tan agradecido. A ti, en lo profundo de mi silencio.
viernes, 1 de julio de 2011
El retorno
El retorno.
No lograba volver. El alma se me quedó trabada en los alambres de lejanía de tu cerco invisible. Te volviste campo imposible. Aquel donde sembraba mis ilusiones, mis anhelos más profundos, plenos de amor, de escenas quizás nunca entendidas, pacíficas, como dulces sueños que recuerdas en las mañanas con la sonrisa en los labios. Retornar a ti me fue, no imposible, tú lo sabes, pero si muy difícil. Crecí en las praderas de tu libertad, en los campos amorosos de tu silencio, en la dulce calma de tus trigales, en las suaves ondulaciones de ese cabello espeso que se mece suavemente con la brisa, donde aspiraba el aroma del amor. Te deje caminar a mi lado, reír a mi lado, buscar a mi lado, pero llegados al lugar donde surgen los lestrigones nos asustamos. Perdimos el equilibrio necesario para sortear el filoso borde que hay que atravesar para llegar al Paraíso. Yo caí al vacío, en ocasiones aún doy vueltas en él y aún, como Alicia, descendería sin cesar al infierno de tu abandono, si tú, mi amor, no hubieras acudido a mi rescate. Si no hubieras vuelto tu rostro hacia mi, si me hubieras dejado caer sin esperanza, pero volviste a verme y en la luz de tus ojos que aún ignoro su real color, encontré donde amarrar mi barca que se hundía.
De pronto comprendí, a través de tu bendita mediación, que no llegaría jamás al fondo en donde las llamas devoran a los desesperados y empecé a tomar conciencia que podía regresar, ¡regresar a tu lado! ¡Oh Beatriz de mi viaje al cielo!
Y en un malabarístico acto circense, haciendo una magistral pirueta de volatín, de aquellos que alegraron mi infancia, empecé de nuevo a escalar el aire; me así de mis recuerdos, de tus sonrisas, de tus ojos color de enigma, del arco iris y de la oscuridad, pasé a la luz.
Y aquí estoy. De nuevo a tu lado, en la cercana distancia de mi lejana ambición, ahora sereno, clásico, como dios griego, imperturbable a tu lado, en el paradójico estado que el viaje de la vida, mi viaje a Ítaca me deparó. Te amé físicamente durante años, eones, olvidados quizás. Hoy, platónicamente te pertenezco, me perteneces. Dios es testigo que el amor de mi espíritu es más fuerte, más profundo que el amor terreno que te demostré en la infancia de mi intelectualidad. Estoy de nuevo en la niñez de mi vida. Sí, tienes razón he vuelto a la infancia. No hay como amar en la inocencia. Espero que como siempre, te sientes conmigo a la orilla de la eternidad, balanceando nuestras piernas, para contemplar la formas de los infinitos Universos que albergan nuestra historia. ¿Los ves?
Te amo.
No lograba volver. El alma se me quedó trabada en los alambres de lejanía de tu cerco invisible. Te volviste campo imposible. Aquel donde sembraba mis ilusiones, mis anhelos más profundos, plenos de amor, de escenas quizás nunca entendidas, pacíficas, como dulces sueños que recuerdas en las mañanas con la sonrisa en los labios. Retornar a ti me fue, no imposible, tú lo sabes, pero si muy difícil. Crecí en las praderas de tu libertad, en los campos amorosos de tu silencio, en la dulce calma de tus trigales, en las suaves ondulaciones de ese cabello espeso que se mece suavemente con la brisa, donde aspiraba el aroma del amor. Te deje caminar a mi lado, reír a mi lado, buscar a mi lado, pero llegados al lugar donde surgen los lestrigones nos asustamos. Perdimos el equilibrio necesario para sortear el filoso borde que hay que atravesar para llegar al Paraíso. Yo caí al vacío, en ocasiones aún doy vueltas en él y aún, como Alicia, descendería sin cesar al infierno de tu abandono, si tú, mi amor, no hubieras acudido a mi rescate. Si no hubieras vuelto tu rostro hacia mi, si me hubieras dejado caer sin esperanza, pero volviste a verme y en la luz de tus ojos que aún ignoro su real color, encontré donde amarrar mi barca que se hundía.
De pronto comprendí, a través de tu bendita mediación, que no llegaría jamás al fondo en donde las llamas devoran a los desesperados y empecé a tomar conciencia que podía regresar, ¡regresar a tu lado! ¡Oh Beatriz de mi viaje al cielo!
Y en un malabarístico acto circense, haciendo una magistral pirueta de volatín, de aquellos que alegraron mi infancia, empecé de nuevo a escalar el aire; me así de mis recuerdos, de tus sonrisas, de tus ojos color de enigma, del arco iris y de la oscuridad, pasé a la luz.
Y aquí estoy. De nuevo a tu lado, en la cercana distancia de mi lejana ambición, ahora sereno, clásico, como dios griego, imperturbable a tu lado, en el paradójico estado que el viaje de la vida, mi viaje a Ítaca me deparó. Te amé físicamente durante años, eones, olvidados quizás. Hoy, platónicamente te pertenezco, me perteneces. Dios es testigo que el amor de mi espíritu es más fuerte, más profundo que el amor terreno que te demostré en la infancia de mi intelectualidad. Estoy de nuevo en la niñez de mi vida. Sí, tienes razón he vuelto a la infancia. No hay como amar en la inocencia. Espero que como siempre, te sientes conmigo a la orilla de la eternidad, balanceando nuestras piernas, para contemplar la formas de los infinitos Universos que albergan nuestra historia. ¿Los ves?
Te amo.
lunes, 4 de abril de 2011
El perdón
San Salvador, 27 de Marzo de 2011.
El Perdón.
The only way of finding
The limits of the possible
Is by going beyond them,
Into the impossible.
Arthur C. Clark
Aprendí a perdonar a través del amor. Ahora ese amor aleccionador es un amor a la mitad del camino entre la realidad y mis sueños, un amor de perdón quizás de pasión, pero no quiero hablar de ésta sino del acto de perdonar. Justicia poética de la vida en algunas ocasiones, que se nos perdone para hacernos sufrir más, quizás no sea una justicia de ley o incluso lógica, sino más bien relacionada con la virtud, una virtud que surge de nuestro más profundo inconsciente, si es que tal cosa existe, y convertirla en realidad, virtud activa, funcional, una virtud que nos hace arrepentirnos concientemente de nuestros errores y nos permite perdonar amorosamente los errores de los demás y aceptar los nuestros con absoluta sinceridad, sólo entonces el sufrimiento cesa.
Porque después de muchos años descubrí, al momento de la muerte, de ese memento mori, tan temido, pero que no debía serlo en realidad, que hay algo más difícil que dejar de existir, la muerte no es ni el miedo ni el acto supremo, sino la decepción suprema, al menos para mi. El acto heroico, supremo y perturbador, es pedir perdón o perdonar y aceptar humildemente nuestra culpa, con todas sus consecuencias o las culpas de los demás, humanas, reales, lógicas deformadas y provocadas por la pasión, el orgullo, en fin, por tantas cosas derivadas de las infinitas y complejas circunstancias de la vida, quizás el más doloroso de todos los perdones sea perdonarse a sí mismo, aunque a veces parece imposible, tal es la desesperación y furia infinita en que caemos.
Porque para el perdón, dependiendo si perdonas o eres perdonado, tienes que sufrir hasta lo indecible para recibirlo o darlo, reconstruirte a ti mismo, diseñarte de nuevo y componer el infinito mosaico de tus virtudes y vicios a fin de darle cabida a esa dislocación de la vida que es el perdonar, recapacitar que ese sufrimiento, dolor, angustia, incomodidad -circunstancias que proceden de las infinitas aristas de la vida- que tú provocaste en alguna medida, que puede ser mucha o poca, no vale la pena seguirlo sufriendo y después consciente, amorosamente -si no, no hay perdón- tender la mano o recibir en nuestros brazos, ligados directamente a nuestro corazón, el perdón que ofrecemos o el que nos ofrecen, porque ser perdonados a veces nos hace sufrir en razón de que encontramos tal grandeza en quien nos perdona que quedamos anonadados, reducidos a la nada, microscópicos ante el perdonador; pero también saber perdonar es dolorosamente insufrible, se necesita una dosis casi infinita de misericordia y un amor que raya en la insania, sobre todo cuando la ofensa que sufrimos, desestructura nuestro Universo y vivimos al margen de la felicidad, sumergidos en la ansiedad, el dolor, el insufrible trastorno de nuestro orgullo arrastrado por los suelos, de nuestra dignidad pisoteada, o cuando tenemos que perdonar a nuestros enemigos, porque comprendemos que lo hecho, hecho está y que nada podemos hacer por retroceder el tiempo, ni volver al tiempo de la ofensa, ni devolver la vida a quien se nos ha quitado.
Quizás existan actos imperdonables, es más, estoy casi seguro que existen, sobre todo cuando la irracionalidad se apodera del hombre, cuando la locura no deja margen a la razón, pero hablo de las relaciones humanas dentro la razonable convivencia, en donde lo humano no se ha perdido ni pervertido, pero aun en aquellas ocasiones la locura misma, la irracionalidad, que es efecto de la pérdida de las facultades humanas, es un factor que diminuye mínimamente, aunque no disculpa, los errores, las faltas, la violencia humana del hombre sobre el hombre. Pero quizás ahí en esas dolorosas y casi insuperables circunstancias, es cuando, para encontrar nuestros límites, debemos ir mas allá de ellos, hasta lo imposible…quizás.
Perdonar es algo que a veces linda con la locura, pero perdonar es el acto heroico por excelencia, la liberación suprema, la admisión que todos podemos errar y violentar el universo y sin embargo nuestro humanismo, nuestra virtud, esa virtud efectiva y funcional que hablaba al principio, logra sobreponerse al instante o al largo sufrimiento de la ofensa y llevarnos a la senda del perdón, del perdón con amor, con plena conciencia de absolución.
Sigo creyendo, siempre lo he creído, que la falta de perdón causa en nuestras vidas más tragedias que todas nuestras demás debilidades, Por no poder perdonar, no ser capaces de perdonar, perdemos Paraísos inalcanzables, el perdón es fuerza sobrenatural, es humanismo puro, aceptación de que somos falibles ergo, humanos, que erramos a cada instante y a veces fuertemente, hirientemente, pero no debería de existir nada que no pueda perdonarse o que debiéramos poner obstáculos para no perdonar.
He aquí, la esencia del perdón. Perdonar sin exigir compensación, ese es el verdadero perdonar, lo demás es chantaje y se aparta por completo de la justicia en su más pura expresión. ¿Qué hubiera pasado, si Dios Padre, hubiese exigido justicia humana?, bueno, creo que habría aniquilado esta especie desequilibrada y perversa. Estaba en nuestra justicia - no en la de Él, quedemos claro en esto- hacerlo, si no, ¿dónde queda la pena de muerte?, todavía falazmente defendida, debería habernos aniquilado, la ofensa era infinita, sus creaciones le habían escarnecido primero y luego a pesar, de su bondad, de su amor por la humanidad, asesinado a su amadísimo Hijo.
Quizá sea una extrema consideración y comparación, pero es muy aclaratoria e ilustradora cuando hablo del perdón sin exigencias, del perdón con amor, que creo es el único válido. Amar a nuestros enemigos, lo han expresado todos los profetas, casi todos, porque amar al amigo es fácil, pero es que sólo amando podemos perdonar, lo demás, creo, al menos desde mi perspectiva personal, exigir compensaciones no es amar ni perdonar, es simplemente ocultar nuestras ansias de venganza - ¿habrá venganza justa?- tras el velo legal o hipócrita de la justicia humana que es tan imperfecta, tan injusta veces y hasta vergonzosa, una justicia que se apega a leyes no siempre basadas en la defensa de la virtud, del bien, sino del cumplimiento excesivo de los deseos ocultos, y a veces perversos, del alma humana.
Perdonar es un acto de puro valor. Los cobardes no perdonan jamás, son incapaces de afrontar la vida de frente, y el perdón exige como primera instancia afrontar la vida y sus circunstancias, sean estas adversas o favorables, con valor y definición. Perdonar, he encontrado sorprendido, es una relación humana olvidada, poco estudiada, es muy difícil leer sobre el perdón, raro encontrar elogios del perdón, ¿por qué?, porque el perdón es difícil, el verdadero perdón, ese que existe sin alterar la paz y la bondad de la existencia.
El perdón sin exigencias no es cobardía, ni es olvido, ni es debilidad, al contrario, es fuerza espiritual pura, limpia, resplandeciente, porque orna al que perdona y ennoblece al perdonado, porque restituye la dignidad, siempre que el ofensor se arrepienta sinceramente de sus acciones y encamine su vida a reparar sus errores.
Por eso la ley del Talión fracasó, y no se maneja como opción viable en nuestra posmodernidad, el mundo no puede permitirse castigar con la misma ofensa porque entonces bajo pretextos falaces se inserta en los ámbitos de la venganza, terminaríamos con la humanidad, nadie quedaría a salvo de la venganza sangrienta expresada en esa infame ley.
El perdón es liberador, es muestra que en el fondo de nuestras almas confiamos aún en la salvación del hombre, no la eterna, que puede y no existir, sino de que algún día alcanzaremos en este mundo, la paz y la dignidad para todos, la justicia en todos los ámbitos del accionar humano, y llegaremos a crear ese mundo que todos hemos soñado desde nuestra infancia, ese mundo transparente, feliz, armonioso, justo, solidario, ese mundo realmente humano, en el más excelso sentido de este desacreditado término.
Creo que entonces reconquistaremos el Paraíso Perdido, aquel de donde salimos avergonzados y a donde creo, debemos regresar, porque Dios es clemente y misericordioso y algún día, en una época que ciertamente vislumbro lejana, Él nos perdonará, recibiremos su perdón infinito y definitivo. Perdonar es nuestra más alta cualidad junto al Amor, es la más divina de nuestras actitudes, quizás por eso, a nosotros los humanos nos es tan difícil perdonar.
martes, 15 de marzo de 2011
La fiesta fantástica
La fiesta fantástica
Anselmo manejaba silencioso mientras la lluvia caía en forma de finas gotas que empapaban el parabrisas y el alma; llevaba los vidrios semiabiertos para captar el espíritu de la noche, el viejo espíritu de la ciudad casi olvidado en las viejas calles de Florencia donde estudiaba; la capital tenía la cara chorreada de suciedades y en las cunetas, viajaban al olvido, los desechos de la pobreza. Las viejas calles de San Salvador, mudas y abandonadas a las once de la noche, hacían resonar los motores y los pasos en los tramos estrechos y un miedo reptante invadía el alma de los caminantes.
La ciudad en los años cincuenta guardaba aún recuerdos, tradiciones y se permitía todavía acoger algunos viejos que la habían visto convertirse en ciudad. Viejas casas se escondían del progreso en algunos callejones y algunas casas señoriales temblaban sobre sus cimientos sabiendo que la espada de Damocles del progreso amenazaba su existencia.
En algún bar, un trío desafinado interpreta Sin ti, y le da a la noche, un aire de nostalgia. El posible cliente trata de seguir la canción con su voz aguardentosa, pero sólo hace que la canción se escuche más descompasada. Anselmo sonríe y pasa de largo por la puerta del bar o tienda parece, que en su interior, alberga unas cuantas mesas, un mostrador de madera lustrado por el uso, sobre el que se amontonan un sinnúmero de envases de cerveza.
Pero Anselmo conduce hacia su destino, o por lo menos piensa que así es. La vieja casa heredada de su abuela puede convertirse en una buena fuente de ingresos y además, puede realizar el largo viaje por el oriente que siempre ha soñado. Sólo estuvo pocas e inolvidables veces en ella, pues su padre, se peleó con su madre y nunca más la visitó, la doña, en una especie de jugada extraña, le había nombrado a él, nieto casi desconocido, heredero universal, herencia que incluía la vieja casona familiar situada casi en el centro de la ciudad en las inmediaciones del Campo de Marte, en donde de niño, había jugado y observado con atenta mirada los vistosos desfiles, que se celebraban en ocasiones especiales.
La vieja pero muy bien conservada edificación, estaba unas cuadras arriba de la iglesia de San Francisco y era, según recordaba, muy fresca, a causa de las brisas que llegaban en la tarde desde el Campo, pero sobre todo recordaba las extrañas canciones que la abuela tocaba al piano. En aquella época eran extrañas pero luego no lo fueron, años después cuando los músicos de la Nueva Era tocaban melodías similares, sonreía sabiendo como había sido aquello posible. Una algarabía acompañaba el atardecer y en sus recuerdos se mezclaba la estridencia de los pájaros en los árboles vecinos, con el aroma de los naranjos en flor que adornaban el jardín externo de la casa. La extraña cláusula del testamento le obligaba a visitar la casa por lo menos dos veces al año: el doce de julio y el doce de septiembre: a la medianoche. ¡Vaya extravagancia!, había exclamado su padre molesto y decepcionado a la hora de la lectura del mismo.
Anselmo recién regresaba de Europa y sus estudios de historia habían llegado a su culminación, pero él, estudioso desde siempre, deseaba continuar, de hecho, se había inscrito en el curso de historia bizantina, cultura e imperio que producían en su imaginación una curiosa excitación y fascinación. Pero fiel al mandato, aquel primer doce de julio, recién llegado del aeropuerto, al bajar en Ilopango y ver el hermoso edificio y al sentir el calor agobiante y húmedo de invierno, impregnado de ricos aromas y recuerdos, sintió que desfallecía; el llamado de la patria era irresistible, encontrados sentimientos se agolparon en su mente y una serie de extraños presentimientos se apoderaron de su espíritu, en aquel instante, desequilibrado. Por razones diversas, recordó hasta bien entrada la noche, que irremisiblemente debía asistir a la casa.
Llevaba un manojo de pequeñas llaves y la larga y pesada del portón principal en la bolsa del saco, y la acariciaba con cierta desconfianza, como si fuese un objeto extraño, aparecido en su bolsa por obra de algún encantador desconocido. Llovía suavemente cuando se estacionó frente a uno de los viejos pero bien conservados balcones; las campanas del reloj de la iglesia San Francisco, daban las doce menos cuarto y del Campo de Marte llegaba una brisa fría. La casa, según mandato suyo, había sido mantenida en perfecto estado de conservación y había dos señoras que se encargaban de mantenerla perfectamente limpia y ordenada, así que no esperaba sorpresas desagradables.
Abrió el portón y el perfume del Paraíso perdido invadió descaradamente sus sentidos, una lluvia de sensaciones y recuerdos se agolpó en su frente produciendo un leve dolor de cabeza, pero una sobrecogedora sorpresa se destacó sobre todas las demás sensaciones, una música increíble surgía de la vieja sala que recordaba a medias: un tango interpretado magistralmente entristecía la noche, y voces alegres hacían presentir una inesperada fiesta. Caminó hasta el corredor y la luna en cuarto creciente se destacaba sobre tejado, las plantas brillaban con intensidad fosforescente y aromas confusos teñían de memorias olvidadas el horizonte de la conciencia. Caminó despacio hacia sala observando el piso que reflejaba la luna y se cortaba a trechos por la sombra de los pilares pintados de gris. En efecto, varias personas desconocidas estaban en ella con sendas copas de cristal de largos tallos, la música había cambiado sin sentirlo y un xilófono con notas cristalinas rompía el ambiente haciendo juego con las copas. Se asomó a la puerta para saludar a algún conocido, y al colocarse bajo el dintel de la puerta, música y conversaciones, de forma sincronizada, se apagaron en un estruendoso silencio y todos le volvieron a ver. De la sala vecina surgió la abuela sosteniendo la larga falda con la mano izquierda, y se abalanzó sobre él, cuando abrió la boca para saludarlo se reinició, por encanto, la música y las conversaciones como si nada hubiese pasado.
Deberías rasurarte querido, dijo pasando sus manos suaves y cálidas por sus mejillas. Anselmo se agachó un poco para besarla, aturdido por el encuentro, pero nada hizo notar. Pensó que soñaba, o eso quiso creer, y dejó que las cosas transcurrieran tal cual sucedían. La abuela le presentó a los invitados y con cada presentación, su sorpresa y confusión subían a niveles rayanos en el miedo y casi pánico, personajes de la historia, hombres de ciencia, filósofos, ocultistas, magos de los cuales había leído en sus estudios universitarios, se presentaban vivos y alegres ante sus ojos que se negaban a dar crédito a la visión histórica más increíble contemplada por ojos humanos.
Una joven de bellos ojos y segura mirada se acercó a saludarlo y la abuela, como si lo esperara, se alejó de él en dirección a un señor con uniforme militar que le hizo una profunda reverencia. ¿ Quién era mi abuela?, se preguntó Anselmo en el escaso espacio de su conciencia aún normal. ¿ Quién es esta mujer a mi lado?, ella, como leyendo sus pensamientos le dijo, tomándolo del brazo, seré tu anfitriona esta primera noche en que rozas la eternidad. Las palabras cruzaban su mente sin dejar huella, solo eran oídas y grabadas en un lugar desconocido de su mente. Vinieron a su mente los lugares de sus peregrinaciones, sus héroes históricos y algunos de ellos ahí en esa sala fantástica provocaron en su mente un caos y perdió su ubicación, la joven le llevó al corredor y otra transformación se había operado en el ambiente porque lo que vio le causó si eso fuese posible un asombro aún mayor: estaba en una terraza desde donde se contemplaba el mar como si sobre un acantilado estuvieran; ella le tomó de la mano y le explicó que su abuela Medea, nombre que resonó en los oídos de Anselmo como una campanada, era la que propiciaba estos encuentros desde su palacio y que él, descendiente directo de ella perteneciente a la centésima quincuagésima generación, debía por tanto, integrarse al concierto de inmortales que disfrutan de la comprensión del universo; su padre, simple engendrador, de cualidades especiales pero nada más, había sido desechado y él, por decisión de su abuela, aunque cueste admitirlo, enviado a estudiar a la vieja Europa, para que llegado este día comprendiese el alcance de su misión. El velo no cae en el primer asomo a la eternidad, que como alguna vez leíste en el Manuscrito Perpetuo, no consiste en no enfrentarse a la muerte, sino, precisamente, acercarse a ella como a una puerta que te transporta al universo en donde el tiempo no existe, donde el tiempo carece de sentido y solo Dios es verdad. Recorrió el comedor en donde la plata brillaba como si alguien la hubiese pulido todos los días y en él también, personajes de su mundo académico departían en una – después lo supo, con los años – infinita conversación que era fuente de su sabiduría y universalidad. Caminó guiado de la mano de su “Beatrice”, y él, cual Dante caminando por el incomprensible infierno de su ignorancia, se dejó llevar en un viaje fantástico que rozó los límites de su comprensión.
Al final del tiempo indefinible, fue llevado de nuevo ante su abuela quien le entregó un broche de oro con la figura de un Fénix sobre una montaña y en la montaña el esquema del hombre de Vitruvio. Le besó en la mejilla y tomando el revelo de “Beatrice”, - cuyo nombre ignoró siempre, hasta el día de hoy -, le acompañó al corredor que esta vez no daba al mar, sino al Canal Grande, al final del cual se divisaba airosa, elegante, la magnífica iglesia de Longhena. El tiempo y el espacio son, como ya sabrás, dos espirales que se entrecruzan, subir y bajar por ellas e intersectarlas es parte de nuestra sabiduría, el DNA del tiempo es una simpleza comparada la mente de Dios, algún día – está escrito – dijo volviendo a la puerta de la sala, comprenderás todo esto. Luego lo besó en la mejilla; en ese mágico instante las imágenes volvieron a la situación inicial, las copas con largos tallos regresaron a las manos de los invitados y cuando se dio la vuelta para irse, la música de xilófono volvió a escucharse, pero Anselmo, envuelto en la bruma de la desorientación, no quiso volver a ver. Caminó con pasos nerviosos hasta el portón y cundo hubo cerrado, la brisa proveniente del Campo de Marte lo trajo a la realidad. Subió al carro de inmediato, el sol salía tras las torres de la Iglesia y un escalofrío recorrió su cuerpo. Todo ha sido un sueño se dijo en sus adentros, pero al meter la mano en el saco para sacar sus cigarrillos, sus dedos encontraron el broche de oro que relucía para afirmar el milagro.
FIN
Luis Salazar Retana.
San Salvador, 7 de marzo de 2011.
La llamada del amor.
Te he soñado desde entonces en todos los escenarios, en todas las circunstancias, pero jamás en consonancia con esta realidad que ahora te aleja de mi. Desde que no formas parte de mi vida, desde que no formo parte de tu vida.
Recuerdo todos los lugares de esta desestructurada ciudad en la que te he amado. Viejos y variados restaurantes de todas las nacionalidades, me acuerdo que te gusta la comida china, las pupusas quizás revueltas, ya hace tanto tiempo, el amoroso menú gastronómico de nuestros encuentros se diluyó y se concentró en la sola cerveza ligera que aún recuerdo te gusta. O te gustaba, el tiempo nos cambia, querida.
He recordado también los íntimos encuentros bajo las luces mortecinas de la ciudad informe, sin barrios, ni avenidas, sólo callejones y lugares sombríos a los que la luz llegaba a través de la ramas densas de los almendros de río y de los laureles de la india, cargados de bullicios de pájaros y de sugerencias incomprendidas.
Desperté, sonriendo porque había soñado con las largas conversaciones en la penumbra en las que te acariciaba casi con dulzura, pero creo que nunca lo fui, tierno, dulce amoroso, creo que no. Era una relación visceral, -qué término más absurdo e impertinente querida-, pero quizás se ajusta a esa relación extraña que nunca supe que era hasta que te alejaste en el túnel oscuro del olvido y entonces yo, comprendí alucinado lo que había perdido. No sólo tu presencia, calmada, satisfactoria, paciente y lo más probable sufriente, sino un mundo de ensueños, de escenas futuras que nunca llegaron a realizarse, donde te amaba en el lugar en donde sólo dos podíamos existir, y te cocinaba manjares de novedosa invención, entre risas y besos, una especie de Paraíso inventado sólo para ser felices, sólo para esos sueños imposibles que jamás habrían de convertirse en realidad.
Los caminos o ramas quizás del árbol, frondoso por cierto, de nuestras vidas, al menos el mío, se deshojó de la noche a la mañana y los pájaros que anidaban en sus ramas volaron para no regresar jamás y dejaron mi vida en el silencio oscuro de la desesperación, ese denso silencio que nos deja flotando en una nube espesa que no nos permite situarnos en el Universo del sufrimiento, porque somos puro sufrimiento.
He buscado esos momentos felices, realmente felices, que tú dices que nunca existieron, déjame decirte que en alguna medida tienes razón, fueron tan pocos, pero me pregunto ¿por qué?. En esa búsqueda casi fantasmal, creo percibir una noche oscura en una vieja ciudad, caminando por una empedrada acera tomados de la mano, en un Universo que sólo existía para nosotros, los demás eran sombras y nada más, pero nosotros éramos, quizás la única vez que fuimos, en ese sentido extraño que tiene la expresión, fuimos, nosotros dos, íntimamente solos, ajenos al Universo exterior, existiendo en una burbuja de tiempo y espacio que proveía un escenario incomparable, íntimo, oscuro como nuestra relación que nunca pude nominar, porque nunca fue lo que tú pensaste o lo que la gente pensaba. Fuiste novia, amiga, compañera, consejera, pero nunca amante. Realmente era bella, transparente, pero ni yo ni tú pudimos definirla y al no poder definirla no la comprendimos, tu y yo, querida, compartamos, por favor, ese error.
Era algo etéreo, desesperante, apasionado, irreal las más de las veces, pero profundo, doloroso, de agudas aristas hirientes. Eras todo lo que podía aspirar, pero también lo poco que podía dar, sí, tienes razón debí de dar más, de pronunciar las mágicas palabras que romperían el nudo gordiano de nuestras pasiones, ternuras, sentimientos, lamentos, tristezas, alegrías, sueños utópicos enredados en la maraña indefinida inexistente de nuestro futuro, absolutamente incierto. Un futuro descabellado que pudiera plasmarlo en una Divina Tragedia, porque Dante encontró a Beatrice en donde no la podía poseer o tomarla consigo, mientras que yo te encontré en la vida real, donde Dios nos pone a jugar el complicado ajedrez de nuestras existencias, sobre todo cuando jugamos en el infinito laberinto que es el juego del amor. ¿Me entiendes?
Nunca te he perdido, porque nunca estuvimos realmente juntos, nuestro mundos se rozaban como dos canicas que chocan entre sí, pero jamás se vuelven una sola, porque mi corazón era duro, no sé si el tuyo también y el amor, para que dos almas, corazones, vidas se fusionen deben ser blandos, amables, en fin querida, dejarse amar, yo no me dejé amar por la soberbia derivada de mi juventud liberal, el hecho de haberme hecho a mí mismo, sin ayuda de nadie, me provocó un estado de suficiencia en donde todos, incluso tú, eras accesorio de mi vida, no parte integral de ella.
Cuando partiste, se destilaron en mi corazón todas las esencias, y obtuve concentradas formas de venenos para el alma que entorpecieron mi vida, la muerte me tendió su mano, que sólo por mi fe en Dios pudo evitarla y salir indemne del reto y del llamado del destino perverso.
He buscado también en el extenso desierto de mi memoria afectiva, cuántas veces te oí decir ¡mi amor!, no recuerdo querida, ni sé si alguna vez lo dijiste, ¡qué relación extraña! y a la vez tan simple, porque nos amamos hasta lo indecible, hasta lo imposible y quizás esto último fue lo más real, éramos imposibles, los diseños de nuestras vidas no coincidían en ninguna parte, sólo en el desordenado espacio de nuestra imaginación y de nuestro mundo reducido, de sombras y escondrijos, de utopías infinitas y de laberintos sin solución posible.
¿Cuántos años fueron querida?, no tengo la mínima idea, porque el tiempo y el espacio se curvan y perdemos su verdadera dimensión cuando navegamos por él con el corazón en la mano y la mente en los infinitos Paraísos que el hombre ha diseñado a través de los siglos. Esos espacios y Paraísos en los cuales ninguna brújula nos ofrece un norte capaz de situarnos en la realidad.
Yo sé que nada de todo esto existe ya, al menos en la forma que fue. Una forma que se diluyó en el tiempo, en tu olvido y ahora sólo existe en mi mente, porque en la tuya como me dijiste un día, lo que pasa pasa, y cuando pasa deja de existir; que maravilla de Universo el tuyo, tan inteligente, tan práctico, tan afincado en la realidad. Pero a pesar de tus esfuerzos y a pesar de mi memoria implacable, obsesiva, que jamás olvida algo, detalles sí, lo admito, pero las líneas generales de la urdimbre de mi vida son imborrables, son consustanciales con las neuronas de mi cerebro, y a pesar de todo te sigo amando, es más, diría que vivo en un mundo invertido en el que primero te amé y después me fui enamorando de ti, ¿cómo pudo suceder eso?, no me lo preguntes, es así. Eso es un milagro de rara invención como dijo Bradbury, pues con lo que sé, con lo que recuerdo, con lo que hiciste, debería haberte borrado de mi vida…y no ha sido así.
Y es que además sigues a mi lado, serena, imperturbable, contemplándome desde el trono de diosa en que te he situado, voluntariamente aceptado y deseado, y me das exactamente lo que quieres darme ni un aliento de más y ¡Oh dioses del Olimpo!, yo soy feliz con ello, tu lo sabes, siempre lo has sabido, siempre lo he sabido, que aunque sin brújula y sin destino, no podemos estar lejos el uno del otro, aunque desconozco la extensión de esa lejanía, al menos la que tu soportarías. Pero la mía tiene la extensión de mis brazos, debo al menos rozar tus brazos, tus rodillas, y discernir las pequeñas arrugas que ahora ¿adornan? tu rostro, ver el rojo luminoso de tu cabello brillando como aura alrededor de tu cabeza.
Pareciera como parte de una tragedia escrita con anterioridad en un mundo en el cual ya existimos, creería que nos volveremos a encontrar, porque un amor tan potente no puede quedar sin cerrarse, sin cumplirse, sin realizarse. Dios, que nos ama hasta límites inverosímiles, nos dará en otro tiempo, quizás en otro mundo, en otra vida, un lugar en donde podamos empezar de nuevo y sabiendo los errores de nuestra infancia universal, corramos exactos, presurosos hacia los valle del Amor en los que el horizonte infinito y lineal no ofrece la orientadora visión de las montañas, ni el obstáculo agreste de las rocas filosas que nos hacen tropezar prolongando la distancia de nuestros destinos, sin alcanzarlos jamás. Ahí te esperaré. Yo, querida mía, partiré antes que ti.
FIN
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