martes, 15 de marzo de 2011

La fiesta fantástica


La fiesta fantástica

Anselmo manejaba silencioso mientras la lluvia caía en forma de finas gotas que empapaban el parabrisas y el alma; llevaba los vidrios semiabiertos para captar el espíritu de la noche, el viejo espíritu de la ciudad casi olvidado en las viejas calles de Florencia donde estudiaba; la capital  tenía la cara chorreada de suciedades y en las cunetas, viajaban al olvido, los desechos de la pobreza. Las viejas calles de San Salvador, mudas y abandonadas a las once de la noche, hacían resonar los motores y los pasos en los tramos estrechos y un miedo reptante invadía el alma de los caminantes.

La ciudad en los años cincuenta guardaba aún recuerdos, tradiciones y se permitía todavía acoger algunos viejos que la habían visto convertirse en ciudad. Viejas casas se escondían del progreso en algunos callejones y algunas casas señoriales temblaban sobre sus cimientos sabiendo que la espada de Damocles del progreso amenazaba su existencia.

En algún bar, un trío desafinado interpreta Sin ti, y  le da a la noche, un aire de nostalgia. El posible cliente trata de seguir la canción con su voz aguardentosa, pero sólo hace que la canción se escuche más descompasada. Anselmo sonríe y pasa de largo por la puerta del bar o tienda parece, que en su interior, alberga unas cuantas mesas, un mostrador de madera lustrado por el uso, sobre el que se amontonan un sinnúmero de envases de cerveza.

Pero Anselmo conduce hacia su destino, o por lo menos piensa que así es. La vieja casa heredada de su abuela puede convertirse en una buena fuente de ingresos y además, puede realizar el largo viaje por el oriente que siempre ha soñado. Sólo estuvo pocas e inolvidables veces en ella, pues su padre, se peleó con su madre y nunca más la visitó, la doña, en una especie de jugada extraña, le había nombrado a él, nieto casi desconocido, heredero universal, herencia que incluía la vieja casona familiar situada casi en el centro de la ciudad en las inmediaciones del Campo de Marte, en donde de niño, había jugado y observado con atenta mirada los vistosos desfiles, que se celebraban en ocasiones especiales.

La vieja pero muy bien conservada edificación, estaba unas cuadras arriba de la iglesia de San Francisco y era, según recordaba, muy fresca, a causa de las brisas que llegaban en la tarde desde el Campo, pero sobre todo recordaba las extrañas canciones que la abuela tocaba al piano. En aquella época eran extrañas pero luego no lo fueron, años después cuando los músicos de la Nueva Era tocaban melodías similares, sonreía sabiendo como había sido aquello posible. Una algarabía acompañaba el atardecer y en sus recuerdos se mezclaba la estridencia de los pájaros en los árboles vecinos, con el aroma de los naranjos en flor que adornaban el jardín externo de la casa. La extraña cláusula del testamento le obligaba a visitar la casa por lo menos dos veces al año: el doce de julio y el doce de septiembre: a la medianoche. ¡Vaya extravagancia!, había exclamado su padre molesto y decepcionado a la hora de la lectura del mismo.

Anselmo recién regresaba de Europa y sus estudios de historia habían llegado a su culminación, pero él, estudioso desde siempre, deseaba continuar, de hecho, se había inscrito en el curso de historia bizantina, cultura e imperio que producían en su imaginación una curiosa excitación y fascinación. Pero fiel al mandato, aquel primer doce de julio, recién llegado del aeropuerto, al bajar en Ilopango y ver el hermoso edificio y al sentir el calor agobiante y húmedo de invierno, impregnado de ricos aromas y recuerdos, sintió que desfallecía; el llamado de la patria era irresistible, encontrados sentimientos se agolparon en su mente y una serie de extraños presentimientos se apoderaron de su espíritu, en aquel instante, desequilibrado. Por razones diversas, recordó hasta bien entrada la noche, que irremisiblemente debía asistir a la casa.

Llevaba un manojo de pequeñas llaves y la larga y pesada del portón principal en la bolsa del saco, y la acariciaba con cierta desconfianza, como si fuese un objeto extraño, aparecido en su bolsa por obra de algún encantador desconocido. Llovía suavemente cuando se estacionó frente a uno de los viejos pero bien conservados balcones; las campanas del reloj de la iglesia San Francisco, daban las doce menos cuarto y del Campo de Marte llegaba una brisa fría. La casa, según mandato suyo, había sido mantenida en perfecto estado de conservación y había dos señoras que se encargaban de mantenerla perfectamente limpia y ordenada, así que no esperaba sorpresas desagradables.

Abrió el portón y el perfume del Paraíso perdido invadió descaradamente sus sentidos, una lluvia de sensaciones y recuerdos se agolpó en su frente produciendo un leve dolor de cabeza, pero una sobrecogedora sorpresa se destacó sobre todas las demás sensaciones, una música increíble surgía de la vieja sala que recordaba a medias: un tango interpretado magistralmente entristecía la noche, y voces alegres hacían presentir una inesperada fiesta. Caminó hasta el corredor y la luna en cuarto creciente se destacaba sobre tejado, las plantas brillaban con intensidad fosforescente y aromas confusos teñían de memorias olvidadas el horizonte de la conciencia. Caminó despacio hacia sala observando el piso que reflejaba la luna y se cortaba a trechos por la sombra de los pilares pintados de gris. En efecto, varias personas desconocidas estaban en ella con sendas copas de cristal de largos tallos, la música había cambiado sin sentirlo y un xilófono con notas cristalinas rompía el ambiente haciendo juego con las copas. Se asomó a la puerta para saludar a algún conocido, y al colocarse bajo el dintel de la puerta, música y conversaciones, de forma sincronizada, se apagaron en un estruendoso silencio y todos le volvieron a ver. De la sala vecina surgió la abuela sosteniendo la larga falda con la mano izquierda, y se abalanzó sobre él, cuando abrió la boca para saludarlo se reinició, por encanto, la música y las conversaciones como si nada hubiese pasado.

Deberías rasurarte querido, dijo pasando sus manos suaves y cálidas por sus mejillas. Anselmo se agachó un poco para besarla, aturdido por el encuentro, pero nada hizo notar. Pensó que soñaba, o eso quiso creer, y dejó que las cosas transcurrieran tal cual sucedían. La abuela le presentó a los invitados y con cada presentación, su sorpresa y confusión subían a niveles rayanos en el miedo y casi pánico, personajes de la historia, hombres de ciencia, filósofos, ocultistas, magos de los cuales había leído en sus estudios universitarios, se presentaban vivos y alegres ante sus ojos que se negaban a dar crédito a la visión histórica más increíble contemplada por ojos humanos.

Una joven de bellos ojos y segura mirada se acercó a saludarlo y la abuela, como si lo esperara, se alejó de él en dirección a un señor con uniforme militar que le hizo una profunda reverencia. ¿ Quién era mi abuela?, se preguntó Anselmo en el escaso espacio de su conciencia aún normal. ¿ Quién es esta mujer a mi lado?, ella, como leyendo sus pensamientos le dijo, tomándolo del brazo, seré tu anfitriona esta primera noche en que rozas la eternidad. Las palabras cruzaban su mente sin dejar huella, solo eran oídas y grabadas en un lugar desconocido de su mente. Vinieron a su mente los lugares de sus peregrinaciones,  sus héroes históricos y algunos de ellos ahí en esa sala fantástica provocaron en su mente un caos y perdió su ubicación, la joven le llevó al corredor y otra transformación se había operado en el ambiente porque lo que vio le causó si eso fuese posible un asombro aún mayor: estaba en una terraza desde donde se contemplaba el mar como si sobre un acantilado estuvieran; ella le tomó de la mano y le explicó que su abuela Medea, nombre que resonó en los oídos de Anselmo como una campanada, era la que propiciaba estos encuentros desde su palacio y que él, descendiente directo de ella perteneciente a la centésima quincuagésima generación, debía por tanto, integrarse al concierto de inmortales que disfrutan de la comprensión del universo; su padre, simple engendrador, de cualidades especiales pero nada más, había sido desechado y él, por decisión de su abuela, aunque cueste admitirlo, enviado a estudiar a la vieja Europa, para que llegado este día comprendiese el alcance de su misión. El velo no cae en el primer asomo a la eternidad, que como alguna vez leíste en el Manuscrito Perpetuo, no consiste en no enfrentarse a la muerte, sino, precisamente, acercarse a ella como a una puerta que te transporta al universo en donde el tiempo no existe, donde el tiempo carece de sentido y solo Dios es verdad.  Recorrió el comedor en donde la plata brillaba como si alguien la hubiese pulido todos los días y en él también, personajes de su mundo académico departían en una – después lo supo, con los años – infinita conversación que era fuente de su sabiduría y universalidad. Caminó guiado de la mano de su “Beatrice”, y él, cual Dante caminando por el incomprensible infierno de su ignorancia, se dejó llevar en un viaje fantástico que rozó los límites de su comprensión.

Al final del tiempo indefinible, fue llevado de nuevo ante su abuela quien le entregó un broche de oro con la figura de un Fénix sobre una montaña y en la montaña el esquema del hombre de Vitruvio. Le besó en la mejilla y tomando el revelo de “Beatrice”, - cuyo nombre ignoró siempre, hasta el día de hoy -, le acompañó al corredor que esta vez no daba al mar, sino al Canal Grande, al final del cual se divisaba airosa, elegante, la magnífica iglesia de Longhena. El tiempo y el espacio son, como ya sabrás, dos espirales que se entrecruzan, subir y bajar por ellas e intersectarlas es parte de nuestra sabiduría, el DNA del tiempo es una simpleza comparada la mente de Dios, algún día – está escrito –  dijo volviendo a la puerta de la sala, comprenderás todo esto. Luego lo besó en la mejilla; en ese mágico instante las imágenes volvieron a la situación inicial, las copas con largos tallos regresaron  a las manos de los invitados y cuando se dio la vuelta para irse, la música de xilófono volvió a escucharse, pero Anselmo, envuelto en la bruma de la desorientación, no quiso volver a ver. Caminó con pasos nerviosos hasta el portón y cundo hubo cerrado, la brisa proveniente del Campo de Marte lo trajo a la realidad. Subió al carro de inmediato, el sol salía tras las torres de la Iglesia y un escalofrío recorrió su cuerpo. Todo ha sido un sueño se dijo en sus adentros, pero al meter la mano en el saco para sacar sus cigarrillos, sus dedos encontraron el broche de oro que relucía para afirmar el milagro.

FIN

Luis Salazar Retana.
San Salvador, 7 de marzo de 2011.

La llamada del amor.

Te he soñado desde entonces en todos los escenarios, en todas las circunstancias, pero jamás en consonancia con esta realidad que ahora te aleja de mi. Desde que no formas parte de mi vida, desde que no formo parte de tu vida.

Recuerdo todos los lugares de esta desestructurada ciudad en la que te he amado. Viejos y variados restaurantes  de todas las nacionalidades, me acuerdo que te gusta la comida china, las pupusas quizás revueltas, ya hace tanto tiempo, el amoroso menú gastronómico de nuestros encuentros se diluyó y se concentró en la sola cerveza ligera que aún recuerdo  te gusta. O te gustaba, el tiempo nos cambia, querida.

He recordado también los íntimos encuentros bajo las luces mortecinas de la ciudad informe, sin barrios, ni avenidas, sólo callejones y lugares sombríos a los que la luz llegaba a través de la ramas densas de los almendros de río y de los laureles de la india, cargados de bullicios de pájaros y de sugerencias incomprendidas.

Desperté, sonriendo porque había soñado  con las largas conversaciones en la penumbra en las que te acariciaba casi con dulzura, pero creo que nunca lo fui, tierno, dulce amoroso, creo que no. Era una relación visceral, -qué término más absurdo e impertinente querida-, pero quizás se ajusta a esa relación extraña que nunca supe que era hasta que te alejaste en el túnel oscuro del olvido y entonces yo, comprendí alucinado lo que había perdido. No sólo tu presencia, calmada, satisfactoria, paciente y lo más probable sufriente, sino un mundo de ensueños, de escenas futuras que nunca llegaron a realizarse, donde te amaba en el lugar en donde sólo dos podíamos existir, y te cocinaba manjares de novedosa invención, entre risas y besos, una especie de Paraíso inventado sólo para ser felices, sólo para esos sueños imposibles que jamás habrían de convertirse en realidad.

Los caminos o ramas quizás del árbol, frondoso  por cierto, de nuestras vidas, al menos el mío, se deshojó de la noche a la mañana y los pájaros que anidaban en sus ramas  volaron para no regresar jamás y dejaron mi vida en el silencio oscuro de  la desesperación, ese denso silencio que nos deja flotando en una nube espesa que no nos permite situarnos en el Universo del sufrimiento, porque somos puro sufrimiento.

He buscado esos momentos felices, realmente felices, que tú dices que nunca existieron, déjame decirte que en  alguna medida tienes razón, fueron tan pocos, pero me pregunto ¿por qué?. En esa búsqueda casi fantasmal, creo percibir una noche oscura en una vieja ciudad, caminando por una empedrada acera tomados de la mano, en un Universo que sólo existía para nosotros, los demás eran sombras y nada más, pero nosotros éramos, quizás la única vez que fuimos, en ese sentido extraño que tiene la expresión, fuimos, nosotros dos, íntimamente solos, ajenos al Universo exterior, existiendo en una burbuja de tiempo y espacio que proveía un escenario incomparable, íntimo, oscuro como nuestra relación que nunca pude nominar, porque nunca fue lo que tú pensaste o lo que la gente pensaba. Fuiste novia, amiga, compañera, consejera, pero nunca amante. Realmente era bella, transparente, pero ni yo ni tú pudimos definirla y al no poder definirla no la comprendimos, tu y yo, querida, compartamos, por favor, ese error.

Era algo etéreo, desesperante, apasionado, irreal las más de las veces, pero profundo, doloroso, de agudas aristas hirientes. Eras todo lo que podía aspirar, pero también lo poco que podía dar, sí, tienes razón debí de dar más, de pronunciar las mágicas palabras que romperían el nudo gordiano de nuestras pasiones, ternuras, sentimientos, lamentos, tristezas, alegrías, sueños utópicos enredados en la maraña indefinida inexistente de nuestro futuro, absolutamente incierto. Un futuro descabellado que pudiera plasmarlo en una Divina Tragedia, porque Dante  encontró a Beatrice en donde no la podía poseer o tomarla consigo, mientras que yo te encontré en la vida real, donde Dios nos pone a jugar el complicado ajedrez de nuestras existencias, sobre todo cuando jugamos en el infinito laberinto que es el juego del amor. ¿Me entiendes?

Nunca te he perdido, porque nunca estuvimos realmente juntos, nuestro mundos se rozaban como dos canicas que chocan entre sí, pero jamás se vuelven una sola, porque mi corazón era duro, no sé si el tuyo también y el amor, para que dos almas, corazones, vidas se fusionen deben ser blandos, amables, en fin querida, dejarse amar, yo no me dejé amar por la soberbia derivada de mi juventud liberal, el hecho de haberme hecho a mí mismo, sin ayuda de nadie, me provocó un estado de suficiencia en donde todos, incluso tú, eras accesorio de mi vida, no parte integral de ella.

Cuando partiste, se destilaron en mi corazón todas las esencias, y obtuve concentradas formas de venenos para el alma que entorpecieron mi vida, la muerte me tendió su mano, que sólo por mi fe en Dios pudo evitarla y salir indemne del reto y del llamado del destino perverso.

He buscado también en el extenso desierto de mi memoria afectiva, cuántas veces te oí decir ¡mi amor!, no recuerdo querida, ni sé si alguna vez lo dijiste, ¡qué relación extraña! y a la vez tan simple, porque nos amamos hasta lo indecible, hasta lo imposible y quizás esto último fue lo más real, éramos imposibles, los diseños de nuestras vidas no coincidían en ninguna parte, sólo en el desordenado espacio de nuestra imaginación y de nuestro mundo reducido, de sombras y escondrijos, de utopías infinitas y de laberintos sin solución posible.

¿Cuántos años fueron querida?, no tengo la mínima idea, porque el tiempo y el espacio  se curvan y perdemos su verdadera dimensión cuando navegamos por él con el corazón en la mano y la mente en los infinitos Paraísos que el hombre ha diseñado a través de los siglos. Esos espacios y Paraísos en los cuales  ninguna brújula nos ofrece un norte capaz de situarnos en la realidad. 

Yo sé que nada de todo esto existe ya, al menos en la forma que fue. Una forma que se diluyó en el tiempo, en tu olvido y ahora sólo existe en mi mente, porque en la tuya como me dijiste un día, lo que pasa pasa,  y cuando pasa deja de existir; que maravilla de Universo el tuyo, tan inteligente, tan práctico, tan afincado en la realidad. Pero a pesar de tus esfuerzos y a pesar de mi memoria implacable, obsesiva, que jamás olvida algo, detalles sí, lo admito, pero las líneas generales de la urdimbre de mi vida son imborrables, son consustanciales con las neuronas de mi cerebro, y a pesar de todo te sigo amando, es más, diría que vivo en un mundo invertido en el que primero te amé y después me fui enamorando de ti, ¿cómo pudo suceder eso?, no me lo preguntes, es así. Eso es un milagro de rara invención como dijo Bradbury, pues con lo que sé, con lo que recuerdo, con lo que hiciste, debería haberte borrado de mi vida…y no ha sido así.

Y es que además sigues a mi lado, serena, imperturbable, contemplándome desde el trono de diosa en que te he situado, voluntariamente aceptado y deseado, y me das exactamente lo que quieres darme ni un aliento de más y ¡Oh dioses del Olimpo!, yo soy feliz con ello, tu lo sabes, siempre lo has sabido, siempre lo he sabido, que aunque sin brújula y sin destino, no podemos estar lejos el uno del otro, aunque desconozco la extensión de esa lejanía, al menos la que tu soportarías. Pero la mía tiene la extensión de mis brazos, debo al menos rozar tus brazos, tus rodillas, y discernir las pequeñas arrugas que ahora ¿adornan? tu rostro, ver el rojo luminoso de tu cabello brillando como aura alrededor de tu cabeza.

Pareciera como parte de una tragedia escrita con anterioridad en un mundo en el cual ya existimos, creería que nos volveremos a encontrar, porque un amor tan potente no puede quedar sin cerrarse, sin cumplirse, sin realizarse. Dios, que nos ama hasta límites inverosímiles, nos dará en otro tiempo, quizás en otro mundo, en otra vida, un lugar en donde podamos empezar de nuevo y sabiendo los errores de nuestra infancia universal, corramos exactos, presurosos hacia los valle del Amor en los que el horizonte infinito y lineal no ofrece la orientadora visión de las montañas, ni el obstáculo agreste de las rocas filosas que nos hacen tropezar prolongando la distancia de nuestros destinos, sin alcanzarlos jamás. Ahí te esperaré. Yo, querida mía, partiré antes que ti.

FIN







jueves, 30 de diciembre de 2010

Para todos mis amigos

2010 ha sido para mi un buen año, me reencontré conmigo mismo, me deslumbró una Iluminación que no esperaba, Dios me dio un tiempo extra, yo he hecho y haré lo que tengo que hacer para corresponderle. Mis amores están conmigo, sobretodo su esencia, que en realidad es lo importante; mi espíritu está fuerte y mi alma en paz, Dios me ha dado en esta vida todo, quizás más de lo que merezco, Él sabrá por qué, pero me ha librado de los apegos, esto es una bendición invaluable, pues las posesiones físicas nos atan a las circunstancias de la vida creando apegos que distorsionan nuestra visión de la realidad y nos roban la libertad.

Esta tierra que tanto he amado, amo y amaré, por el contrario, a la deriva, sin rumbo fijo, viajamos sin sentido de nación, no somos ni izquierda ni derecha, ni socialistas ni capitalistas, ni cultos ni ignorantes, mediocridad en todos lados, pero especialmente en el gobierno, no sólo en éste. El Salvador es un negocio de pocos en detrimento de muchos. Y lo más trágico es que desperdiciamos nuestra inteligencia, porque !vaya que hay talento entre nosotros!, mucho talento.  Por ello pienso también  que hay esperanzas, pero para que este país cambie, para que nuestra sociedad cambie, es preciso que yo cambie, que tú cambies, que todos cambiemos. Crear dignidad y justicia para este país es tarea de todos, busquemos la justicia en la bondad y marginemos el mal. Que el 2011 nos permita forjar el inicio de un país justo, donde todos, digo todos con énfasis, vivamos en paz, con dignidad y lejos de la pobreza, por que en la pobreza no existe Libertad. 
Sólo así nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, vivirán plenamente y alcanzarán el éxito que  les deseamos con todo nuestro amor y con el éxito, la felicidad que es lo que todos buscamos y que es también, lo que les deseo  a mis amigos, desde el fondo de mi corazón. Que Dios nos bendiga a todos.

lunes, 27 de diciembre de 2010

El mar. las olas, el amor...las piscuchas.


El mar, las olas, el amor...las piscuchas.

Brindo, dijo Manfredo levantando su Vodka hasta la altura de sus ojos, por el amor.! Ah el amor!, dijo colocando el vaso sobre la mesa, mientras afuera la tormenta arreciaba y los relámpagos teñían de espectrales colores el interior sombrío del bar.

Cuando tuve trece años, continuó sin preámbulos, pensé que Merissa era el final de la vida, a los catorce pensé que Amelia, a los quince pensé que con  cada mes,  cada fin de un amor, la vida se detenía, hoy en esta provecta edad, desconocida aún para mi mismo, debo decirles amigos que el amor siempre renace, nunca muere, es la siempreviva de la vida. Los años, lo que confieren es sabiduría, si se toma la vida en serio, se estudia, investiga, profundiza, no en sólo en los libros, sino en los actos diarios, sencillos y trascendentales de la misma, nos enseñan que el amor se reinventa cada instante de nuestras vidas.

El tiempo, que devora la vida minuto a minuto, es incapaz de destruir el amor, porque éste está fuera del tiempo, se mueve en el espacio que media entre la razón y el corazón y esa distancia es inmensurable. El amor no es algo que muera, se renueva siempre, porque es como las olas del mar, infinito, obstinado y el tiempo es incapaz de vencerlo.

En octubre, el mes del viento y  las piscuchas, de cola y flecos, como las de antes, sacaba mi papalota azul con el hilo blanco como la nieve, me colocaba la piscucha a la espalda y me iba a la playa a vagar con mis pensamientos enredados con el vuelo suave de mi cometa que bajo el cielo azul, llevaba mi imaginación a tierras extrañas y desconocidas, por eso, cuando el sol declinaba por el oriente, incendiando el mar y los árboles del Puerto de La Libertad, la dejaba ir hacia el sol y me encantaba ver como se alejaba brillando y hundiéndose en la lejanía del mar de colores. Luego una extraña nostalgia se apoderaba de mi ser y me sentaba en la negra arena a soñar con los sueños de la infancia.

Una tarde después del ritual, de la “soltada”, como le decía,  su sombra larga y delgada se presentó ante mis ojos. Estaba de pie frente al mar, entre el sol y mis ojos, esbelta, con un vestido largo que le llegaba a los tobillos, era de fina tela con pequeñas florcillas verdes, que en la tarde brillante y colorida, parecían encenderse y apagarse como las luces de Navidad.

De pronto me vio y como si conociera de siempre se acercó y empezó a hablar. Varias veces te he visto dejar ir la piscucha, me dijo con voz de reproche, ¿por qué las dejás ir?

Yo pensé ¿quién es esta metida?, tenía trece años. Pero haciendo caso omiso de su intromisión, respondí secamente: me gusta.

¿Por qué te gusta?, insistió. Yo la volví a ver con enojo y observé, que concentrada, con los ojos entrecerrados,  el ceño fruncido, seguía los remolinos de la piscucha cayendo hacia el sol, hundiéndose en el mar.

Ella se había acercado lentamente y su cara de perfil, mejor dicho su perfil estaba iluminado de rojo como el sol que desaparecía en el horizonte. Ese perfil airoso, distante, consiguió mi perdón. Me acerqué hasta colocarme frente a ella dibujó una sonrisa que me acabó de desarmar. Yo le sonreí y nos quedamos en silencio uno frente al otro.

No sé por qué lo haces pero me gusta, ¿elevarás otra mañana?, preguntó con cierta aprensión, y yo, aprovechando la oportunidad de mostrarme galante, aunque lo hacía casi a diario, respondí. Sí, si vos querés. Ella empezó a  caminar  y yo a su lado. Después de un largo silencio dijo, casi para sí, sí quiero, volviéndome a ver con una sonrisa que no supe si era de burla o de coquetería.

¿Te veo mañana entonces? pregunté con ansiedad mal disimulada, ella asintió con una ligera inclinación de cabeza, mientras se alejaba en dirección a la ciudad.

Salí corriendo por la playa, chapoteando en las olas que morían en la orilla. Algo había en la pequeña que me producía una alegría desbordante, difícil de contener en mi pecho de niño.

Llegué a la casa exultante y empecé a armar una piscucha más grande, el doble de grande y de dos colores; son más difíciles pues se necesita pegar bien los dos pedazos de papel y el marco de la misma es más pesado pues la varillas deben ser mas gruesas. Le agregué flecos color rojo y una cola morada sacada de una cortina que mi mamá ocupaba para cubrir sus  santos en Semana Santa.

Al día siguiente, a las cuatro, cuando la brisa arreciaba, tome una papalota nueva, azul, azul como la bandera y el hilo resplandeciente. Pero no era un paseo como todos los días, algo oprimía mi pecho, una aire de prisa agobiaba mi espíritu. Llegué corriendo a la playa casi ahogándome de la carrera que desde la casa a la playa había realizado.

Pero la playa estaba vacía, sólo un par de personas se sentaban en la playa observando fijamente las formaciones en V de pelícanos que rozaban las crestas de las olas y que, planeando elegantemente, se perdían detrás de las rocas de la izquierda de la playa. Yo me sentía perdido, todo la emoción del momento y previos se venía abajo y se convertía en una mezcla de tristeza,  enojo, de inseguridad, de lo que podía haber pasado con la metida, la palabra asomó en mi mente entre oleadas de cierto enojo, mezclado con una frustración que me golpeaba el alma.

Me senté en la playa, con la piscucha al hombro, mientras insistentemente volvía a ver hacia los almendros rojos y los quioscos de ventas esperando ver asomar por algún lugar la fina silueta de mis deseos. Mientras en mi impaciencia de niño, trataba de recordar palabra por palabra la exigua conversación de día anterior tratando de encontrar alguna falla, costumbre que jamás he abandonado, revisé cada paso, cada frase, cada gesto y sonrisa de ella, recordé su perfil luminoso y el perdón acudía a mi mente dándole paz y tranquilidad que duraba segundos mientras de nuevo me sumergía en la melancolía y la frustración.

Pero el sol salió por el norte, al igual que yo, ella, la divina -la metida se había esfumado en la oscuridad del olvido- venía corriendo hacia mi, insólita, acariciadora, venía corriendo en mi dirección y al acercarse vi como sus mejías se habían teñido de un color que me recordaba los melocotones de lata y sonreía con una alegría que no dejaba dudas: estaba feliz de encontrarme.

Tuve que hacerle un mandado a mi mamá, me dijo, como disculpándose, gesto que agradecí al cielo, eso borraba cualquier dolor, cualquier frustración, cualquier enojo. Hay viento dijo pasándose la mano izquierda por su cabello de oro que se agitaba rebelde con la fuerte brisa que iba hacia el mar.

Al ver la piscucha enorme, de dos colores, flecos brillantes y la cola morada de Semana Santa, se llevó las dos manos a la boca y dejó exclamar un ¡ooooh!, que sonó como música en mis oídos y me sentí como debió sentirse David después de derrotar al gigante Goliat.

Ayudame a elevarle, le dije tendiéndole mi obra maestra. Ella la tomó de las puntas de los flecos con cuidado y se alejó caminando hacia atrás, mientras una sonrisa nerviosa curvaba sus labios en un gesto que a mi me pareció  contemplar el cielo a través de su imagen retrocediendo con la piscucha entre sus manos. Yo pensaba que podría elevarse con ella tal era la levedad de su figura y lo celestial de la escena.

¡Ya!, grite y ella la soltó.  El milagro dio inicio. La piscucha  dio un par de coletazos, luego se elevó como una flecha, mientas los flecos vibraban nerviosos  y la cola dibujaba suaves ondulaciones, volviéndose más morada en el contraste con el cielo azul intenso de la tarde sin nubes, que auguraba un vuelo perfecto. Ella regresó corriendo a mi lado, y con una mano sobre los ojos a manera de visera, seguía el curso de la cometa con una sonrisa de satisfacción, mientras yo, de reojo, no perdía el tránsito de sus emociones sobre su afilado rostro, que sonreía, se preocupaba, mientras daba pequeños saltitos sobre la arena y se llevaba las dos manitas a la boca, presa de una emoción que me hacía sentir como un héroe.

Pero faltaba el momento supremo, la “soltada”.

¡ La suelto yo ¡, exclamó mientras saltaba a mi alrededor, dando vueltas en una especie de danza. Yo, como príncipe que condescendía con su amada, le entregué la papalota azul, azul y mientras ella la sostenía un rato entre su manos, sonreía en actitud casi extática. De pronto, soltó la papalota, levantó las manos mientras gritaba, ¡se va! ¡se va!, ella hipnotizada observaba la piscucha con movimientos de borracha, descender hasta el mar mientras el sol en el poniente doraba el firmamento.

Se acercó casi con lágrimas en los ojos y me estampó un beso en la mejilla. Luego como había llegado se fue corriendo sin despedirse. Interpreté el beso como algo parecido. Repetimos el ritual una diez veces, pero ella tenía que irse a su ciudad, no era del Puerto. Jamás la volví a ver, pero los vientos de octubre, las piscuchas y las puestas de sol me recuerdan con nitidez su perfil luminoso. La he visto renacer un par de veces en mi vida, con diferente rostro, en diferentes circunstancias…y vuelvo a ser niño.

Manfredo se levantó en silencio de la mesa. Con el carterón negro en la mano  el sombrero ya sobre su cabeza, tomó el vodka con la mano libre, la levantó como la estatua de La Libertad y exclamó: Por el amor que siempre renace, por la niñez, por el mar y las piscuchas. Nos pusimos de pie y brindamos conmovidos, mientras Manfredo se alejaba, dibujando su negra silueta en la puerta del bar. De afuera, un silencio oscuro entró en el local  y nos envolvió con su tristeza…

Luis Salazar Retana.

Piscucha, cometa en El Salvador.

viernes, 24 de diciembre de 2010

La ciudad de los inmortales


La ciudad de los inmortales.

Debo crear un sistema o ser esclavizado por el de otro.
William Blake

En el norte de África, en las arenas del océano extenso e hirviente que se extiende por el Magreb, existió y existe, aunque nadie sabe donde, desde hace cientos de años, siglos si se quiere, una ciudad, romana y griega en apariencia, habitada por inmortales, al menos eso se ha dicho siempre. Se componía o se compone, solo Dios lo sabe, de  49 cuadrados 7 por 7, número cabalístico por excelencia, de 77 gortels de longitud cada uno, y una torre calada, copiada después por los constructores góticos de 14 veces siete gortels de altura. Fue, durante siglos, la más alta torre del desierto y del Universo conocido. 

Quiso muchas veces ser destruida por los seguidores del profeta, por razones que luego explicaré, pero jamás fue localizada, ni siquiera fue avistada por ningún ejército, sólo viajeros solitarios de pequeñas caravanas pudieron contemplar su hiriente silueta sobre el mar de dunas en las cuales desaparecía al caer la tarde, pues jamás podía nadie acercarse a ella, como si se moviese a la misma velocidad de los que trataban de alcanzarla. En alguna ocasión algún desorientado viajero fue llevado a su interior, asistido, curado y luego dejado en libertad, por lo que algo que supo de su interior, de sus extraños habitantes y de su bondad. En el 777 ddC, el único día que fue avistada por un pequeño contingente de soldados de caballería,  en un acto de magia incomprensible para los que observaron el fenómeno, desapareció sumergiéndose en la arena para nunca más volverse a saber de ella. Pero su historia no terminó allí.

Cuentan y han contado desde entonces los rapsodas del desierto y algunos viajeros que perdieron el norte en el terrible laberinto, que durante la noche de luna llena, en el mes de Ramadán, cuando todos recuperan las fuerzas del ayuno diario, una gigantesca cúpula de cristal se levanta siempre en lugares diferentes del desierto y los inmortales salen en grupos de siete, en sus briosos y veloces corceles, aunque nadie sabe que son en realidad, a recorrer el vasto desierto, llevando mensajes a elegidos repartidos en diversas ciudades y oasis, de donde a su vez, son enviados a otros elegidos e inmortales diseminados por el mundo. El contenido del mensaje que se recibe cambia en cada ciudad y sólo hasta alcanzar el destinatario, el comunicado adquiere sentido.

Nadie sabe de dónde llegaron si es que llegaron de algún lado; nadie sabe si son humanos, nadie ha visto sus rostros; embozados en la compleja vestimenta del desierto, sólo sus ojos luminosos brillan en la estrecha franja o rendija que les permite ver el indescifrable desierto, aunque nada es seguro. La ciudad era o es de mármol blanco brillante en el sol y fosforescente con la luna, sin ella, dejaba de verse y nadie supo jamás donde quedaba pues era ubicua y aparecía en diversos lugares siempre deshabitados lejos de las ciudades y de las rutas de las caravanas que cruzaban y cruzan el desierto casi infinito, como evitando a los hombres del inmenso mar de arena, viajeros de un Universo dentro de este Universo. En tiempos de la expansión del cristianismo por el mediterráneo, los magrebíes decían que era la ciudad de los magos, aquellos que habían llevado las ofrendas al supuesto rey de los judíos y que habían transportado su ciudad desde las montañas de los Himalayas hasta el candente mar del norte de África, territorio de Alá y por tanto, consideraban la Ciudad de los Inmortales como se la conocía ya desde entonces, una abominación y como tal, merecedora de ser aniquilada.

Tenía o tiene se dice, puertas de bronce y cristal, una en cada lado, orientadas según los puntos cardinales, con la mencionada torre al centro de siete lados y una escalera espiral en su medio que conducía a una esfera de oro según algunos y otros de cristal purísimo, que reflejaba la luz del sol y podía destruir con sus rayos todo aquello sobre lo cual cayesen. Todo eran conjeturas pues nadie sabía a ciencia cierta qué era la ciudad, ni quienes la habitaban. Pero nadie dudaba de su existencia y los pocos testigos que la vieron eran gentes de bien, seguidores del profeta, es decir, hombres de absoluta confianza.

Cuando los árabes llegaron a Al Andalus, construyeron La Giralda en recuerdo de aquella torre que algunos habían vislumbrado, pero no de siete lados sino de cuatro, para diferenciarla de la de los infieles señores de la oscuridad y del misterio, aunque jamás lograron igualar su altura; tendrían que pasar más de seiscientos años antes que en Ulm se construyera una torre tan alta con la escalera espiral al centro, fue construida por maestros constructores, que obtuvieron su ciencia de los franceses quienes a su vez la habían obtenido en el oriente a través de los contactos que los templarios habían hecho con la “inteligentsia” oriental. Un rompecabezas histórico que muchos han tratado, sin éxito, de descifrar.

Hace años buscando a Dios, mi obstinada y prolongada pasión, me encontré con ella, surgiendo inesperadamente de las dunas, silenciosa, lenta, imponente, con su esfera brillante pulida de algún material desconocido en lo alto de la torre calada y sus puertas de bronce y cristal se abrieron como invitándome a entrar, pero la burbuja de cristal me lo impedía. Me senté en actitud de meditación frente a ella y al cabo de dos días en los que no ingerí alimento alguno, en profundo estado de concentración, mientras la ciudad aparecía y desaparecía y una música de instrumentos no imaginados, sonaba a mi alrededor como serpiente que se enroscaba en mi mente, contemplé como en un instante determinado y efímero pero constante, una nube o turbiedad se formaba ante mí.

Concentré mi atención en el fenómeno y luego de descifrar la secuencia temporal de la misma me levanté decidido y en el instante preciso me lancé hacia ella atravesándola en medio de un sonido agudo y penetrante que taladraba mis oídos.

Del otro lado todo era diferente.

La ciudad no parecía ni romana ni griega, era una arquitectura absolutamente desconocida de materiales que no pude identificar, brillantes, pulidos. Los edificios no parecían poseer ventanas ni puertas eran como cuerpos Geométricos sólidos de volúmenes sí aristotélicos, pero con ciertas variantes que imposibilitaban su definición, su tonalidad cambiaba constantemente y a veces cierta transparencia se percibía en algunas superficies.

La ciudad griega y romana era un disfraz, un artificio para no llamar la atención supongo, y no provocar espanto o turbación que surgiría al contemplar una ciudad de desusadas formas como la que veía en ese instante. Nadie caminaba por sus calles, que por otro lado eran inexistentes, no existían pero las estructuras se apartaban o se desplazaban según avanzaba y me guiaban hacia un lugar que imagino era provocado por fuerzas desconocidas manejadas por los misteriosos habitantes de la ciudad. De pronto un número indefinido de ellas se movió de muy compleja forma creando un círculo de perfecto contorno en el centro del cual un cilindro de cristal, transparente, dejaba ver  en su interior una escalera que se retorcía hacia arriba alrededor de otro tubo como de dos metros de diámetro de algún material brillante como el acero, lo increíble es que la torre no tenía fin, se perdía en las nubes. Comprendí entonces que la escalera no era tal sino la estructura que soportaba los inmensos cilindros.

Una puerta se abrió en la lisa superficie como si se rasgara, ahora me explicaba como funcionaba el ingreso a cualquier estructura, y me invitaba a entrar, sabiéndome guiado por una fuerza poderosa y sabia, entré sin recelos y en el cilindro interno otra nueva puerta se creó para dar acceso una especie de ascensor en el que brillaban luces verdes, que figuraban, creo yo, números y letras en algún lenguaje desconocido. Una vez en el centro del ascensor o lo que fuese, la puerta se cerró como si una piel cicatrizara milagrosamente al instante y una fuerza que me comprimió contra la base, me transportó a las alturas.

No se cuanto duró el viaje, perdí la noción del tiempo y ahora en mis recuerdos no podría decir si fue un segundo o un día; en el ascenso percibí un panorama claro y extenso de la historia humana, en un momento dado creí estar fuera de este Universo observándolo desde su exterior, en realidad no sé si fue así, pero al final cuando la puerta se abrió, me encontré en una sala enorme de indefinidos contornos, del mismo material brillante y suave que las estructuras que había visto, pero estas eran traslúcidas y dejaban ver pasillos y personas o lo que fuesen, caminando o más bien deslizándose por ellos y algunos inmóviles trabajando frente a paneles tachonados de luces que se percibían difusas a través de la breve transparencia de las paredes o membranas que dividían la inmensa sala de esos compartimientos.

Caminé despacio impulsado por una fuerza interna que me obligaba a desplazarme, mientras músicas extrañas salidas al parecer de órganos inmensos inundaban el espacio, tuve en un instante la sensación de caminar baja una bóveda gótica cuyo espacio se volvía sublime por los acordes y voces que a lo lejos entonaban melodías surgidas de la Edad Media.

En el techo una esfera gaseosa de la que surgían incesantes destellos estaba suspendida inmóvil, pero de la misma irradiaba una energía tremenda que ponía los vellos de punta. Una energía de tal magnitud que me inmovilizó. Hice acopio de todas mis fuerzas pero ni siquiera los dedos de la mano podía mover. Una nube gaseosa me envolvió; círculos luminosos de diversos colores subían y bajaban por ella como si estuviesen escaneando mi cuerpo. Luego como había empezado, todo terminó de improviso; el piso giró bajo mis pies y quedé viendo hacia el lado del cual venía, empecé a caminar, intentando en varias ocasiones cambiar de dirección sin conseguirlo. Llegué al borde la inmensa sala, y como antes, se formó de la nada la abertura, me coloqué en el centro del cilindro y el proceso se inició  de forma inversa. Bajé, llegué al espacio circular, las estructuras se movieron para indicarme la salida y llegué de nuevo a la arena, a las dunas. El sol salía por el horizonte y una brisa helada me dio en el rostro volviéndome por completo a la realidad. Me volví lentamente y detrás de mi sólo contemplé el amplio desierto, el laberinto que Dios a creado para eliminar a los incrédulos.

En un instante de Iluminación comprendí que había estado más cerca de Dios que nunca. Quizás los ángeles existen,  sus mensajeros, sus heraldos que impiden que este mundo impuro y decadente sufra de nuevo los horrores de Sodoma y Gomorra. Quizás hay ahora más de los diez justos que los ángeles buscaron en las ciudades que perdió el pecado o quizás la ignorancia. No sé que mensaje recibí o si recibí alguno, pero desde entonces, mi perplejidad sobre la inmensidad del Universo y mi asombro ante los complicados caminos que llevan a Dios son menos acuciantes y una paz galáctica me acompaña en mis horas de meditación y cada vez que lo hago, vuelvo a estar en la Ciudad de los Inmortales.


FIN




La extraña pasión musical de Rosalba Caminos


La extraña pasión musical  de Rosalba Caminos.

Eleanor Rigby, es una buena canción, tan buena que se ha grabado miles de veces por miles de conjuntos y orquestas, coros, solistas de todos los instrumentos y en todos los tipos de música posibles de imaginar.

Sin embargo, muy pocos conocen la triste historia de amor que aquí en El Salvador provocó,  destruyó y algo más, esta famosa canción. Lo más curioso es que ninguno de los dos protagonistas,  jamás les importó la letra de la célebre melodía, fue un incidente provocado sólo por la música; las palabras jamás importaron; y es que en las complejas relaciones de la juventud, realmente, las palabras no importan cuando los actos van encaminados, dirigidos, concentrados hacia o en contra del amor.

Los Beatles estaban en su apogeo, eran los años sesenta y Rolando Maldía había recién cumplido sus veinte años, Rosalba Caminos estrenaba esplendorosamente sus dieciocho abriles, que en estos países se deberían de llamar octubres, el mes de la vacaciones, del verano, de los vientos que recuerdan piscuchas e infancias felices y paseos con soles brillantes y cielos azules, el mes de los ronrones, de la alegría de la vida.

Le pareció entonces, desde que la escuchó por primera vez, que en esa canción se expresaban todos los matices del amor y la belleza, que su melodía contenía el secreto de liberar a los pobres seres humanos de la desesperación y del tedio, en fin, que la canción encerraba la melodía perfecta que los músicos habían buscado durante siglos y siglos, desde la invención de la música.

Rosalba recién se estrenaba en el amor, ese amor fuerte y avasallador que sólo a esa edad se produce, aunque dicen algunos viejos que a los cuarenta también; toda su vida estaba orientada hacia ese sentimiento, hacia el amor de Rolando el dichoso receptor del amor puro, sincero y acaparador de Rosalba Caminos.

Los grillos, en su presencia, le sonaban a serenatas de la tierra, los vientos que levantaban sus amplias faldas, animalillos traviesos que jugaban con ella y Rolando, ¡Ah Rolando!, Rolando era su aire, su oxígeno, su agua para saciar la sed, su fuente de palabras de amor, su principio y su fin, su alfa y omega. Pero a Rolando no le gustó la cancioncita, ¡No le gustó Eleanor Rigby!.

La desesperación de Rosalba fue total, no se imaginaba cómo algo pudiera gustarle a ella y no gustarle a Rolando, si eran idénticos en todo como dos gotas de agua, pero todos sus esfuerzos fueron vanos, a Rolando no sólo no le gustó sino que le planteó la diabólica alternativa de él o Eleanor Rigby. Ese fue el Rubicón de su vida.

El desconsuelo y la angustia de Rosalba llegaron a su límite cuando, por primera vez en cuatro meses, Rolando no se presentó a su casa a las siete de la noche en punto como, religiosamente, lo había hecho cada día de los ciento veinte y dos días anteriores. Y así sucedió durante quince días, después de los cuales, Rosalba tomó la decisión de su vida y se decidió por Eleanor.

La madre le aconsejó que lo mejor y más sencillo que podía hacer era dejar de oir la tal canción, total, canciones van y canciones vienen, además era absurdo ligar un amor como el de ellos, a una insignificante melodía. Dicho esto también le retiró la palabra a su madre durante dos meses, no porque no quisiese hablarle, o no la quisiese,  sino como forma de desagravio a sus héroes.

Porque allí estaba el problema, Rosalba no pensaba que Eleanor Rigby fuese una canción cualquiera, esa canción significaba un hito en la historia de la música popular, sino seria, y todo el prestigio de su innata inteligencia y buen gusto quedaban en entredicho si cedía en su lealtad a una canción que ella consideraba desde ya, como una de las melodías eternas de la humanidad. Ante tal ex abrupto su mamá pensó que estaba loca y jamás volvió a insistir al respecto, después de los dos meses de desagravio, por supuesto.

Rolando, como todo un macho tropical, también se negó a transigir con sus gustos musicales y el noviazgo terminó en el más completo fracaso, aquella bella y tierna historia de amor quedó desgajada, destruida, demolida, por la fiera defensa que de sus preferencias y gustos musicales hicieron aquellos dos tristes y tragicómicos   enamorados.

Cuentan que con los años, Rosalba fue haciéndose conocida como la señorita Eleanor Rigby y su gran ambición fue poseer el mayor número de versiones de la canción de los Beatles eternos, como ella les llamaba, no se casó jamás y siempre juraba que jamás lo haría, pues ya sabía y conocía a ciencia cierta  su destino, no tenía tiempo para dedicarse a fruslerías como el matrimonio o convenios estúpidos semejantes, según afirmaba.

Una de los últimos chismes que oí a cerca de ella, es que al llegar a los diez mil discos con diferentes interpretaciones de la canción, fundaría un museo, con la herencia que recibió de sus padres y que ese día invitaría a los que estuvieran vivos del famoso conjunto, a la inauguración del museo  Eleanor Rigby. Ya les había escrito a los ex-intengrantes del famoso conjunto  y contaba, no sólo con su anuencia para asistir tan magno evento en el  día que ella dispusiese, sino que además le enviaron treintidós versiones que Rosalba no poseía, lo cual la hizo caer en un estado de éxtasis, que le duró exactamente: treintidós días.

Un único pretendiente que tuvo Rosalba en los últimos veinte años, antes de consagrarse definitivamente a Eleanor, fue un caballero de su época, que aunque admiraba la pieza mencionada, no pudo resistir, a pesar del dinero de Rosalba, para que se mida la locura de la damita, a escucharla desde el desayuno hasta la cena, acompañando en las comidas complicados platos que eran variaciones del nombre de la famosa heroína de la canción, ensalada a la Rigby, arroz a la Eleanor, con hongos y tocino etc... A las dos semanas la abandonó y está en tratamiento siquiátrico desde entonces, pues la melodía se le pegó en las entretelas de su cerebro y la escucha sin cesar en el interior de su cabeza.

Mientras tanto, la  fama de la monomanía de Rosalba se extendió a niveles internacionales,  tanto que el Libro de Records Guinnes, la menciona a partir de la edición de 1982, con un total de 4325 versiones de la canción, algunas hasta repetidas 15 o 20 veces, ¡ todo un verdadero récord !.

Para celebrar el 25 aniversario de la salida al mercado de la canción, ofreció una espectacular fiesta, en la cual, desde la primera hasta la última pieza, fueron variaciones rítmicas de Eleanor Rigby, allí Rock, por supuesto, pero también Jazz, Merengue, Salsa, algunos ritmos africanos y otros orientales que sonaban a chirridos de carretas o grillos, en los que se percibía entre el conjunto de sonidos, la inconfundible melodía de la pasión de Rosalba.

El 31 de diciembre de 1989, después de haber sacado de el sótano de la casa toda la colección de versiones de la famosa canción, la había ocultado a raíz de la ofensiva, decidió celebrar la ocasión y el hecho de que todas estaban en perfectas condiciones, con un espectáculo de fuegos artificiales, con tan mala suerte, que uno de de los cohetes, de forma inexplicable, provocó un incendio en su casa. Ella, desesperada, corrió una y otra vez al interior para salvar la tarea y amor de toda su vida pereciendo en uno de los últimos intentos por rescatar algo de la famosa colección.

Según su testamento, si moría antes de fundar el museo de sus sueños, debía ser enterrada con todos sus discos, casettes y videos de su canción, y así fue. Se le dijo misa de cuerpo presente, la música que se interpretó en la iglesia fue una versión barroca de Eleanor Rugby, no sé de dónde sacaron un padre Mckenzie. Dicen que uno de los ex-Beatles estuvo de incógnito en el sepelio, quien dejó caer, sobre el féretro de la difunta, una rosa blanca en señal de su virginidad, producto de su  trágica y extraña afición.

FIN.

San Salvador, 16 de septiembre de 1991.


jueves, 23 de diciembre de 2010

El libro de la ciencia del bien y del mal


El Libro de la ciencia del bien y el mal.

Dios es Verbo no sustantivo.
Ricardo Arjona.

Dimitri Salvatore era o es, no sé de su paradero aunque percibo sus huellas, una personalidad fulgurante, pero sin estridencias; vivió en los Planes cerca de la iglesia, en una casa que supongo yo, había sido construida en los años cuarenta, hermosa, de techos complicados, de patios pequeños pero pintorescos por su jardinería y fuentes  más  un segundo piso coqueto e impreciso. No era fácil guiarse en él, en realidad era un poco laberíntico y quizás algo oscuro, aunque sus molduras brillantes en las aristas entre la pared y el cielo falso y sus paredes de madera le daban un calor acogedor, un tanto intimidante pero acogedor al fin; el pasillo que llevaba a los dormitorios y a la gran biblioteca terminaba en un hermoso tragaluz de vidrios coloreados que algunas veces me recordaba alguna catedral gótica y otras algún bar en Santa Ana que se perdió en los meandros de mi memoria antigua.  

Gran conocedor de libros, había leído todos los que yo he devorado hasta estos días y unos millares más; era un experto en religiones y sectas secretas, a las que, por lo menos a un par  decía pertenecer, me consta de una. En realidad no sé a ciencia cierta de dónde había llegado; había aparecido en mi vida de forma no accidental, no creo en las casualidades, pero sí de manera imprevista. Tenía un acento singular de incierta procedencia, aunque a juzgar por el nombre, que creo era inventado -jamás vi alguna identificación suya- era o de ascendencia italiana o era italiano con algo de eslavo; llevaba la mística en su alma y un sentimiento de predestinación que dominaba sus acciones. Hablaba con soltura una media docena lenguas vivas además del latín, griego clásico y moderno y conocía bien, las leía al menos, otras cinco. Para él fue una pena enorme cuando la iglesia cambió sus misas en latín por los idiomas vernáculos. Era la parte, hermosa, esotérica, sublime de ellas, el lenguaje de los clásicos, creo que el lenguaje del Creador, me dijo en alguna ocasión; jamás volvió a visitar una iglesia católica. En sus viajes, muy frecuentes, siempre iba a las iglesias ortodoxas griegas a escuchar los sonidos y coros celestiales me decía con expresión apasionada.

De él aprendí muchísimo y fue mi maestro en el inicio de mi búsqueda de Dios y de las verdades del Universo. Cuando cumplí mis primeros veinte años, así debes de contar los años de la vida, me dijo muy serio, me regaló uno de los libros fundamentales del conocimiento:  El libro de la ciencia del bien y el mal.

Debo comenzar con el hecho absoluta e irremediablemente exacto, que en mis dilatados viajes por el mundo buscando las huellas de Dios sobre este valle de lágrimas, jamás, en ninguna biblioteca, librería o museo he encontrado otro ejemplar, lo cual me hace sospechar que es único o casi y sólo lo poseemos ciertos privilegiados.

Como todo libro no secreto, pero personal, es creado, escrito, dictado y compuesto a la medida del dueño, esto es difícil de explicar pero es así; posee características singulares y variables. Es un libro total, encierra todas las verdades del Universo y ninguna en particular, no es específico, es relativo, críptico, es como  la definición de Dios de Nicolás de Cusa: “Dios es un Círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Nada claro o definitivo se percibe en estas frases ambiguas, pero se intuye tras ellas una gran verdad. Lo mismo sucede con el libro, cualquiera, creo yo, puede leerlo y no encontrar nada en él, sólo la mente del dueño lo hace vibrar como un mantram particular, ciertas frases específicas se resaltan y entonces la Iluminación se produce y se accede a planos de conciencia y comprensión que transmutan las palabras, sus combinaciones y significados.

Dimitri fue mi guía. Sin esa dirección personal, iluminadora, puede caerse en la locura y quedarse en el camino del vacío en donde acecha la locura y la abominación. El que tenga oídos para oír que oiga. El tono con que se lee, la hora, la cantidad de luz, mi oficina siempre está casi en la oscuridad, por obvias razones, la música que acompaña ciertas páginas todo está programado. Buscar a Dios no es fácil, encontrarlo aún menos. Una vorágine de circunstancias místicas y atmósféricas deben confluir para ello.

El libro ofrece una ruta, una ruta que ilustra el descalabro del mundo actual, porque es una ruta que discurre por los caminos de la belleza, ahora casi ausente. La ruta del Clemente, del Misericordioso, está tachonada de hermosuras, pasa por Giotto, por Botticelli, por Leonardo, por Chartres y Reims, pasa por la Alambra y por León, por el Taj Majal y  por la belleza apabullante del desierto, por el salvaje colorido de las selvas amazónicas y la blancura deslumbrante de la nieves perpetuas de los polos y los picos de las altas montañas de la tierra, roza los aleros de los templos budistas y agita las cortinas de la Meca.

Dios está siempre, siempre, cerca de la belleza, de los objetos y de las acciones, de la belleza de las circunstancias que existe aún en la hora de la muerte y del dolor, porque lo sublime, que es la belleza en su elevación extraordinaria, la grandeza, en su más pura e inexplicable expresión, se da en los cuatro puntos cardinales de la razón y las acciones humanas.

El libro de la ciencia del bien y el mal, vibra en consonancia con ciertas músicas, como la sacra bizantina, algunas obras de Mozart, Mahler y Brahms, pero también con algunas melodías andinas y rusas, con ciertas Czardas y melodías griegas, algunos fragmentos de óperas y sonidos de la naturaleza, todas esas obras, ligadas íntimamente al núcleo de lo puramente humano, de lo más profundamente humano, como algunas exploraciones musicales de Wagner ese brujo de inquietantes melodías de  titánica fuerza.

El conocimiento del libro es intransmisible; como he dicho, es personal, sólo puede y debe servir a una persona. No concibe en su esencia el proselitismo, que es fuente de perversión, Dios ilumina a quien quiere y le niega la luz a quien desea. Pero el que busca halla.

El mundo, como muchos profetas lo han expresado, es un universo de torneos, Arjuna del Gita, sintetiza toda una filosofía, el bien y el mal en su indescifrable relatividad; cada quien escoge las armas, el campo de batalla es este mundo y el resultado es la soledad, el dolor, el sufrimiento o la luz. Porque la luz lo es todo. La luz te guía, te hace ver, expande el Universo hasta sus confines y en ellos se puede vislumbrar la eternidad que es a lo que todos, de alguna manera y de diferentes formas y significados, aspiramos. Los accidentes diminutos de la vida nos conducen a puerto inesperados, un si o un no en su mísera brevedad, pueden llevarnos a la felicidad o al infierno de la desesperación. El efecto mariposa es más poderoso de lo imaginado, puede extenderse hasta el límite del Universo, hasta el límite de nuestra mente.

El valor de las sombras y los contrastes en la vida tiene una significación más profunda de lo que se piensa, el libro enseña a interpretar esas variaciones tonales de la vida para poder predecir sus bifurcaciones y su meta final; es la manera sutil de planificar el futuro, de uno y de varios, de una comunidad y del planeta, pero no todos poseemos ni los conocimientos  ni las habilidades necesarias para ello. Algunos miembros de la Hermandad, viven siglos, y su experiencia acumulada, no de años sino de minutos y aún de segundos, es precisa y exacta como un tomógrafo.

La existencia dice el libro, no es una sucesión de momentos estelares, sino una legión de circunstancias diminutas que poco a poco van conformando el río de la vida, aquel que Manrique cantaba en sus versos o el que Smetana celebra en su música desgarradora. Los ríos de la vida hechos de miles y millones de gotas, de circunstancias infinitesimales que crean monstruos y corrientes, cataratas  e inundaciones en el alma, pero también riegan y vivifican los prados en donde florece la virtud y la solidaridad, las más excelsas de las cualidades humanas.

El libro es una fuente inagotable de sabiduría y enigmas que resuelve, no la reflexión, sino la edad; esa domadora de soberbias e ignorancias, que descorre en su lento discurrir los velos de la oscuridad y nos concede la gracia, que no es otra cosa, de ver líneas rectas en donde sólo veíamos laberintos y desorden. El libro es la llave que nos permite conducir sin fatalidades aunque no sin peligros, por el riesgoso camino de la vida. Algo de él se encuentra en los libros sagrados de todas las religiones, algo en los poemas de los místicos y en las oraciones de los iluminados, pero también algo de él percibimos en el perfume de las flores, en la sonrisa de un hijo, en las desmañadas actitudes de la ancianidad y el rosado murmuro de la aurora; en la compañía de los que nos aman, en las palabras de los escritores que vislumbran en sus horas de inspiración las grandes verdades del Universo.

En fin, el libro del bien y el mal es aquel que Adán y Eva leyeron juntos, pero por estar solos, sin guía, no supieron interpretar; no supieron manejar las culpas del error y se expulsaron de la inocencia y se volvieron mortales, desperdiciando o quizás despreciando la eternidad con que el Creador les había dotado. Con ese acto de ignorancia o de imprevisión divina, caímos en el espacio del tiempo que termina; nos volvimos mortales, pero sobre todo, olvidamos nuestro origen, que el libro, gracias a profetas e iluminados, descubre en su resplandeciente verdad. Descubre nuestra procedencia, la causa de nuestro estupor ante la inmensidad y complejidad divinas y nos ofrece una guía, nada fácil, para recuperar los dones perdidos. Es el libro de la belleza, de la singular belleza de la palabra y del espíritu, de la mente y de las heroicas acciones humanas.

Yo, ciudadano de Dios, tengo la dicha, el privilegio de poseer un ejemplar, no merecido, no ganado, simplemente recibido como un don de Aquel que vela por todos en este vasto Universo que alberga miles y millones de civilizaciones, de seres que piensan en encontrar el camino; de otros que ya lo encontraron y de algunos que se disolvieron, enloquecidos de amor, en la esencia divina de la que todos, todos, algún día ignorado, partimos hacia este exilio galáctico, casi infinito - sólo Dios lo es-   y del que un día volveremos, como hijos pródigos, a gozar de la Sabiduría Infinita y de la Eternidad, en la que el tiempo no transcurre ni queda tiempo para afligirse, alegrarse o enfurecerse, en la que simplemente y realmente seremos con Él y en Él, por los siglos de los siglos.

FIN